Uno aún recuerda las cientos de felicitaciones de Navidad escritas años ha. Este empeño epistolar requería dedicar un tiempo, tan precioso como el de hoy en día, para comprar sellos, sobres y tarjetas, escribir el texto… Y si hablamos con nuestros padres y abuelos, nos contarán las miles de cartas enviadas y recibidas a lo largo de su vida en las más diversas circunstancias. Eran otros tiempos, pues ahora uno sólo recibe cartas del banco y de la Jefatura General de Tráfico. ¡Es tan preciado nuestro tiempo!
Y llegó Internet y el correo electrónico. ¡Por fin íbamos a retomar el contacto con nuestros seres queridos en la lejanía y demás amigos! En cuestión de segundos, sin salir de casa, uno puede enviar unas líneas de agradecimiento, de petición o felicitación. Pero eran otros tiempos, pues ahora uno sólo recibe emails del banco, de plataformas diversas y… ¡es tan precioso nuestro tiempo que no podemos perder ni un segundo pensando en los demás! ¿Contestar a un email? ¡Que esperen sentados!
Y llegaron los móviles de última generación, y la comunicación instantánea. ¡Una nueva oportunidad para retomar las relaciones epistolares y electrónicas perdidas! Pero pronto serán otros tiempos y, una vez pase la novedad, volveremos a mirar nuestro ombligo, a hacernos de rogar para dedicar algún segundo de nuestro precioso tiempo en contestar los mensajes que algún emisor, cercano o no, realizó esperando respuesta. Una respuesta que hoy en día es muestra de generosidad, de empatía y de humildad. Pues hay ocasiones en que el tiempo ajeno es más valioso que el propio.
Para empezar a salir de esta crisis, que no es tan solo económica, estaría bien que cada uno de nosotros nos olvidáramos un poco de nuestras cosas y miráramos a nuestro alrededor. ¿No creen?