CAMINEO.INFO.- A veces ante
nuestras dificultades, ante un mundo que se va deshumanizando
poco a poco, ante accidentes de trenes inexplicables, podemos pensar
que Dios se desentiende de nosotros y del mundo, parece que nos mire de lejos.
A veces podemos pensar que Dios no interviene en las cosas de cada día. Todos
estos pensamientos quedan refutados cuando contemplamos la vida de los
santos. ¡Qué manifestación tan clara de la fuerza de Dios! ¡Qué gran obra la
que hace en ellos!. Los santos nos hablan del deseo de Dios de intervenir en
nuestra historia, pero claro, necesita corazones humildes, dóciles, abiertos y esperanzados.
Una de las cosas que más bien
espiritual me ha hecho es leer biografías de santos. Ver cómo Dios actúa en
la vida del santo …a pesar de su pequeñez, su miseria, su pecado … Es un espectáculo
increíble!!
Es algo muy lógico que
nosotros miembros de la Iglesia nos
fijemos en lo que han hecho los miembros más aventajados de la misma. Es
muy lógico que nos fijemos en aquellos que mejor han entendido y han seguido a
Jesucristo.
Dejarme que dé unas pinceladas de cómo he ido viendo
que es un santo en mis lecturas:
• El santo está a
gusto con todos (guapos y feos, simpáticos y pesados, familiares y
desconocidos, ricos y pobres). La caridad le funciona y esa caridad le lleva a
amar sin hacer distinciones.
• El santo es
absolutamente indiferente a lo que puedan decir de él. Sólo le preocupa
lo que Dios pueda pensar.
• El santo recibe
las cruces con alegría, por ejemplo una humillación. Porque saben que le
unen a Cristo crucificado.
• El santo vive
en la presencia de Dios. Ve las cosas desde Dios.
• El santo tiene
una gran esperanza de que Dios hará maravillas en él y a través de él.
• El santo tiene
una fe profunda: fe que la oración da fruto, fe de que el ayuno da
fruto, fe de la caridad da fruto. Quizá no sabe cuando y donde, pero sabe que
son acciones que comunican salvación porque están movidas por Dios.
• Frente a las ancianidades
desoladas, sin panorama, sin ilusiones, quejosas y maniáticas, la ancianidad
del santo es resplandeciente.
• El santo no
necesita cosas materiales para ser feliz, es más desea ir desprendiéndose de más cosas:
¿de qué más me puedo desprender?.
Entre lo que nosotros
entendemos por una persona madura y un santo, ¡Qué diferencia tan enorme!.
Dios nos llama a ser santos, no es una llamada puntual, como un grito
que nos hizo en el pasado, sino que esa llamada es una mirada continua de
Jesucristo que está deseando que nos unamos más a él, que le conozcamos
mejor, que le amemos más.
Yo os animo a vivir como si fuerais santos. Os animo
a preguntaros: ¿Cómo rezaría si fuera santo? Y hacerlo. ¿Cómo amaría si fuera
santo? Y hacerlo. ¿Cómo participaría de la eucaristía si fuera santo? Y
hacerlo. ¿Cómo perdonaría si fuera santo? Y hacerlo. Empezar a vivir como si ya
fuerais santos, porque Dios ya ahora os quiere dar las gracias para ello.
Es en las decisiones
concretas de cada día donde nos jugamos la santidad.
Y también puede ser bueno y
motivante pensar: ¿en que cosas ya estoy actuando como un santo? Y seguro que
encontraremos cosas: ese perdón que nos costó, pero que hicimos, ese comunicar
la fe que no fue sencillo, esa fidelidad a la misa pase lo que pase, ese vecino
que me requiró ayuda y allí estuviste, lo que hizo falta, pues todo esto también
son signos de santidad.
Decia Leon Bloy: “Sólo hay un fracaso, sólo hay una
tristeza: no ser santo”, porque esa es la finalidad de nuestra vidas.
Y recordemos … Todo lo que el
santo hace lo hace movido por la gracia de Dios, es un don de Dios …
Voy acabando con unas palabras del Beato Alberto Marvelli, nacido
a principios del siglo XX y muerto con 28 años: “Mi
programa de vida se resume en una palabra: santidad. Una meta me
he puesto hoy de alcanzar, a cualquier costa, con la ayuda de Dios. Meta alta,
sublime, preciosa, deseada desde tiempo, pero hasta ahora jamás formulada: ser
santo, apóstol, caritativo, estudioso, puro, fuerte. No tener ni un momento
ocioso. ¿Acaso será presunción? ¿Quizás me crea tan fuerte como para
conseguirlo? Tú lo sabes, Señor, yo no puedo nada sólo...».
Finalizo ya diciendo que no
hay riqueza como la gracia de Dios, ni fecundidad como la vida cristiana, ni
dicha como la de saberse amado por el Padre.