Escuchaba ayer por la noche en una cena. “Si
Dios existe, cómo pueden pasar estas cosas”. Es lo que dicen los israelitas
en la primera lectura cuando lo están pasando mal en el desierto: “¿Está o
no está el Señor en medio de nosotros?”.
Es el escándalo frente al mal. Nos
escandalizamos cuando el mal toca nuestra vida. Bienvenido a la realidad: en
nuestro mundo hay gente que no utiliza bien su libertad, hay enfermedades, hay
accidentes. Jesús nunca nos promete un camino sin dificultades, sin pollos.
¡Nunca! ¡Es imposible! Lo que nos dice, es que Él caminará con nosotros como el
Buen Pastor.
Y no olvidemos aquella frase de San
Agustín: “Dios no permitiría el mal si no fuera tan poderoso y bueno como para
sacar del mismo mal un bien.” Ese mal que vives, puesto en presencia del Señor
puede ser un bien. ¡Pruébalo!
Pasemos al maravilloso evangelio de la
Samaritana. Empezar diciendo ... ¡¡Nosotros somos la samaritana!! No escuchamos
la Palabra de Dios como hechos del pasado. La escuchamos como una palabra que
se dirige a nosotros. No es a ver qué le dice a esta mujer, sino a ver qué me
está diciendo a mi ... Cambia mucho como cojamos el evangelio...
Analicemos este diálogo de Jesús con nosotros:
1. Jesús se hace el encontradizo. Jesús
quiere este encuentro con la samaritana, con nosotros. Busca el encuentro. Lo
provoca. No nos imaginamos un Jesús distante, distraído, lejano. Un texto muy
bonito de Henri Nouwen que nos habla de este deseo de encuentro: “Ahora
me pregunto si durante todo este tiempo he sido lo suficientemente consciente
de que Dios ha estado intentando
encontrarme, conocerme y quererme. La cuestión no es: “¿ Cómo puedo encontrar a
Dios?” sino: “¿Cómo puedo dejar que Dios me encuentre? La cuestión no es:
“¿Cómo puedo conocer a Dios?” sino: “¿Cómo puedo dejar a Dios que me conozca?”
Y, finalmente, la cuestión no es: ”¿Cómo voy a amar a Dios?” sino: ¿Cómo voy a
dejarme amar por Dios?” Dios me busca en la distancia, tratando de encontrarme,
y deseando llevarme a casa. … Sí, Dios
me necesita tanto como yo a Él. Dios no es el patriarca que se queda en
casa, inmóvil, esperando a que sus hijos vuelvan a él …
Dios te busca, no se esconde.
Dios desea encontrarse contigo, no se
queda inmóvil.
Dios tiene sed, sed de ti, sed de tu
amistad, sed de tu conversión, sed de
algunos cambios en tu vida ... como le dice a la Samaritana …”…no tienes
marido: has tenido ya cinco…”.
“Dame
de beber”. Jesús te pide que respondas de manera que apagues su sed. Tiene sed de ti,
apaga su sed. Se quiere encontrar contigo, no lo dudes.
2. Hemos leído el diálogo más largo de
todo el evangelio. Jesús desea grandes diálogos contigo ... Te lo has de creer.
Que no lo sientes, no pasa nada. La vida espiritual la apoyamos en la fe, no en
la sensibilidad.
Una de las frases que más me ha
impresionado en los últimos años: “Se
reduce a que mires siempre la realidad como ella es, no como tu la sientes”.
“No se confíe en lo que sienta, y crea que toda entrega a Cristo produce
fruto”. ¡Jesús tiene sed de ti, es igual lo que sientas!
3. Hay una expresión de Jesús que resume perfectamente
este deseo de Dios de llenarnos, de saciarnos: “Si conocieras el don de Dios…”. Si supiéramos todo lo que Dios nos
quiere dar ... ¡¡nos quedaríamos alucinados!! Dios quiere hacer maravillas en
nosotros. ¿Cómo puede ser que ante palabras como ésta, nosotros nos escondamos
de él, no estemos motivados, recemos diez minutos y ya estemos cansados? ¿Cómo
puede ser que ante un Dios que quiere ser generoso, nosotros nos comportemos como
si fuera un Dios “un poco latoso”? ...
¡Que bonito sería que hoy sintiéramos su voz, que no
endureciéramos nuestros corazones, que celebrásemos al Señor con gritos de
fiesta, aclamándolo como la roca que nos salva! ¡Adorándolo en espíritu y en
verdad!
Ojalá nos tomáramos seriamente la llamada de Dios a la
conversión.
Ojalá … la llamada de Dios Padre a escuchar su Hijo.
Ojalá ... las prácticas cuaresmales, que son las fuentes
de donde brota la generosidad de Dios. ¡Ojalá! “Si conocieras el don de Dios”.
La
pilota está en nuestro tejado...
¿Acepto
mi historia?
¿Hago
entrar a Dios en mi historia?
¿Me
sitúo delante de un Dios que desea ardientemente la comunión, el encuentro
conmigo?
¿Me
guía la fe o la sensibilidad?
“¡Si conocieras el don de Dios!”.