Queridos hermanos y
hermanas,
Empezamos
un nuevo tiempo litúrgico. El Tiempo Ordinario, en el cual vamos contemplando
la vida de Jesús, su predicación, sus milagros, sus enseñanzas, sus opciones, sus maneras de hacer.
La
finalidad de este tiempo litúrgico es conocer más a Jesús, enamorarnos más de
su persona, de sus criterios, de sus maneras de hacer, de sus actitudes. La
finalidad es ser como Jesús...
Esto nos pide a nosotros estar dispuestos a
desinstalarnos, a hacer caminos nuevos, a hacer cambios en nuestras vidas. Esto
requiere por parte nuestra: mucha humildad, mucha atención a lo que nos dice
Jesús, mucho deseo de cambiar cosas. La suya es una Palabra que da vida, por
tanto debemos hacerla vida. ¡¡Y si nos cuesta alguna cosa, le pedimos la gracia!!
¡¡Y ya está!!
La finalidad del Tiempo Ordinario es vivir un encuentro transformante con
Jesús.
Hecha esta pequeña introducción litúrgica,
vamos al evangelio. Cuatro ideas breves:
1. Debemos ser como el dedo de Juan Bautista.
Juan Bautista ve a Jesús, le señala, y dice: “Este es el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo”. ¡¡Nosotros debemos ser este dedo!! Nos
rodea mucha gente desorientada, sin esperanza, desnortada, seamos el dedo de
Juan Bautista, dirijámoslos a Jesús que nos libera del pecado y nos comunica el
Espíritu Santo.
2. “ ... que quita el pecado del mundo”.
¿Cómo … que quita el pecado? Yo no veo que lo quite... Si Cristo ha quitado el
pecado del mundo, ¿por qué el pecado sigue tan vivo en nosotros, incluso en
quienes venimos a misa, rezamos, luchamos, nos formamos y queremos el bien?
Menuda preguntita, que surge al escuchar a San Juan Bautista…
Cristo ha roto el dominio del pecado, el
pecado ya no reina como un destino inevitable, pero nosotros seguimos teniendo
que aprender a vivir como hijos de Dios. Nosotros hemos de vigilar como
utilizamos nuestra libertad.
La redención no nos convierte en personas
impecables, sino en personas reconciliadas en camino. El pecado ha sido vencido
en su raíz, pero no ha sido eliminado aún en todas sus consecuencias. El pecado
ya no tiene la última palabra, pero todavía puede hablarnos fuerte.
Por eso, muchas tendencias pecaminosas no
desaparecen aunque haya fe. No porque Cristo haya fracasado, sino porque
estamos en camino, hemos de crecer, hemos de madurar, hemos de utilizar bien
nuestra libertad. Dios no nos salva sin nosotros. La gracia no sustituye el
combate, lo hace posible. Luchamos desde
una victoria recibida, aunque no plenamente desplegada.
3. Fijaros qué dos acciones atribuye San Juan
Bautista a Jesús: “quita el pecado del mundo”, “es el que ha de
bautizar con Espíritu Santo”.
Jesús nos libera del pecado y nos comunica el
Espíritu Santo. Síntesis perfecta del cristianismo.
Jesús liberador del
pecado, muy brevemente: Qué debe ser el pecado
para que para suprimirlo el Hijo de Dios se haya encarnado y tenga que morir en
una cruz.
Qué potencia destructiva ha de tener el pecado que para destruirlo sea
necesario una medida tan impensable para nosotros que Dios se hiciera hombre y
muriera en una cruz.
No agüemos el pecado. Es grave. Provoca mucho mal. Es muy abundante. Pedir
repulsión al pecado...
Dice también Juan
Bautista: “Es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”. Participamos de
la vida de Dios. ¡¡Dios habita en nosotros!! ¡¡Es muy fuerte!! ¡¡Si nos lo
creyéramos!! ¡¡cómo cambiaría nuestra vida!!
4. Me gustaría
comentar esta expresión: “Cordero de Dios”, que decimos en el gloria y también
en la fracción del pan (momento importantísimo de la eucaristía).
Esta expresión tiene su origen en el éxodo, cuando Dios
liberó a su pueblo del yugo de los egipcios. Dios ordenó a los hebreos inmolar por familia un
cordero, comerlo a medianoche, y marcar con su sangre el dintel de la puerta.
Gracias a este signo en la puerta, el ángel exterminador los perdonaría cuando
viniera para herir de muerte a los primogénitos de Egipto. Por tanto, gracias a
la sangre del cordero fueron rescatados de la esclavitud de Egipto.
Es a
partir de aquí, y de otros textos, que la tradición cristiana ha visto en Cristo
el verdadero Cordero de Dios. Jesús es el cordero sin tara, que rescata a los
hombres con el precio de su sangre, así él nos libera de la esclavitud del
pecado porque caminamos por sendas de justicia y verdad.
Antes en la misa se
le decía “fractio panis” (fracción del pan) porque entendían que era un momento
muy importante de la celebración. Cuando
el sacerdote rompe el pan, cuando lo parte, diciendo “Cordero de Dios ... “ con
este gesto y estas palabras está haciendo visible la donación de Cristo, que Jesús
se rompe, se parte, se da muriendo por nosotros. Es un gesto que hace visible
su donación total por nosotros. Gesto que es necesario que sea acogido por
nosotros con una profunda acción de gracias.
En este inicio del Tiempo Ordinario, pidamos a Jesús que
nos libere del pecado y nos comunique el Espíritu Santo.