Crónica de un pueblo que recibe, con
devoción casi mitológica, el descenso desde el Olimpo de una figura de poder
dispuesta a salvarnos… otra vez.
“El
hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona” Friedrich Hölderlin
Hay gestos que hacen época. No por su notoriedad, sino por
su grandeza. Y hay momentos en los que la política abandona lo terrenal para
adentrarse en lo épico. Andalucía ha vivido uno de esos instantes: el día en
que una figura de gran poder, elevada —casi suspendida— en las cimas del Olimpo
del Estado, tuvo a bien descender para mezclarse entre nosotros. No es fácil
encontrar palabras para expresar la gratitud que, como pueblo agradecido, le
debemos sin caer en la emoción desbordada. Pero lo intentaremos.
No todos los días ocurre que alguien como María Jesús
Montero —descrita por ella misma, con admirable precisión, como “la mujer con
más poder del conjunto de la democracia”, sin que quede del todo claro el
alcance histórico de semejante afirmación— decide dar un paso atrás. O, mejor
dicho: hacia abajo. Hacia Andalucía. Hacia los pobres mortales carentes de toda
grandeza institucional, huérfanos de poder y, hasta su llegada, condenados a
vagar entre menguados presupuestos domésticos y listas de espera terrenales.
El gesto tiene algo de sacrificio antiguo, de renuncia casi
divina, de esas que en la mitología no se producían sin la aquiescencia —cuando
no el amable impulso— de las más altas instancias del Olimpo. Uno no puede
evitar pensar en aquellos dioses que, desde lo alto, observaban a los insignificantes
mortales con una mezcla de compasión y responsabilidad y que, llegado el
momento, decidían intervenir. No por imperativo —faltaría más—, sino por pura
magnanimidad hacia la especie.
En nuestro caso, la intervención ha llegado en forma de
candidatura a la presidencia de la Junta andaluza.
Y no una cualquiera, sino una candidatura que viene
precedida por una trayectoria que los andaluces recuerdan —cómo olvidarlo— con
ese cariño, es un decir, que dejan las experiencias difíciles de olvidar.
Especialmente en ámbitos tan sensibles como la sanidad o la hacienda pública,
donde ya tuvieron el privilegio de comprobar de primera mano su capacidad de
gestión. Un anticipo, podríamos decir, de lo que ahora se les ofrece en versión
ampliada, como esas reposiciones teatrales que regresan a cartel tras haber
dejado una huella imborrable en el público… aunque no siempre por los motivos
previstos.
Pero lo verdaderamente fascinante no es el hecho, sino la
forma en que se les ha comunicado.
Porque la poderosa candidata podría haber optado por la
modestia. Por los clásicos “vengo a trabajar”, “vengo a servir”, “vengo a
aportar”. Pero eso, seamos sinceros, pertenece a esa esfera menor en la que nos
movemos los mortales. Carece de épica. No deja huella. Hubiera sido, en
definitiva, el lenguaje propio de los pobres humanos, esos seres limitados que
aún creen que el mérito se demuestra haciendo y no declarándolo.
En cambio, presentarse en tercera persona introduce un
matiz distinto. Eleva el discurso. Lo sitúa en un plano superior. No habla la
persona: habla el personaje.
“María Jesús Montero ha decidido…”
Y en ese instante, algo cambia. El oyente ya no está ante
una candidata. Está ante una narración. Ante una figura que no aspira a entrar
en la historia, sino que, según sus propias palabras, ya se sitúa en ella.
Porque no todos los días se escucha a alguien proclamarse —con esa naturalidad
que solo da la certeza de saberse en posesión de todas las respuestas— como la
persona más poderosa de la democracia. Y quizá, quién sabe, no le falte razón.
Al fin y al cabo, el poder no siempre se mide por lo que se dice, sino por lo
que se sabe, por los hilos que se manejan… y, muy especialmente, por lo que
calla.
Es un recurso brillante, si se ejecuta con precisión.
Porque permite construir una imagen de autoridad sin necesidad de discutirla:
basta con enunciarla y confiar en que el auditorio asienta con la misma
convicción.
Aunque, claro, siempre existe el pequeño riesgo de que el
público, en lugar de percibir grandeza, perciba… otra cosa.
Y ahí es donde entra en juego ese fino equilibrio entre la
épica y el sainete. O, si se prefiere, entre la epopeya y el esperpento.
Porque la política tiene una peculiaridad: el ciudadano
medio no necesita analizar un discurso para entenderlo. Lo siente. Lo intuye. Y
cuando detecta un exceso de solemnidad, activa automáticamente ese mecanismo
tan humano que es la ironía.
No es rechazo frontal. Es algo más sutil: una sonrisa
interior que dice “esto suena demasiado bien para ser verdad”.
O, dicho de otro modo: cuando alguien se presenta como
salvador, el ciudadano —con esa sabiduría práctica que dan los años— empieza a
preguntarse de qué exactamente le van a salvar. Y en ese instante, casi sin
querer, surge una súplica íntima, humilde, profundamente humana: “Déjeme que me
condene por mis innumerables pecados, por favor; no se tome usted la molestia
de redimirme”.
Y aquí es donde el relato adquiere su verdadero interés.
Porque el esquema es impecable: poder, renuncia, servicio.
Un clásico. Pero aplicado a un contexto concreto, con una memoria colectiva que
no es precisamente amnésica.
Los andaluces no esconden la tragedia: la digieren, pero no
la olvidan. Y cuando la recuerdan, se hunden en sus raíces milenarias y de
ellas sacan el aliento para cantar sus penas por alegrías. Pero que nadie se
equivoque, porque en cada andaluz hay un Séneca con esa sabiduría de la calle
que, a fuerza de experiencia, ha aprendido que puede soportar casi todo, salvo
que le tomen por tonto con solemnidad.
Recordamos, por ejemplo, aquellas etapas en las que esa
capacidad transformadora ya se desplegó ante nuestros ojos, prometiendo una
arcadia que pronto reveló su verdadero rostro. Y lo hacemos con ese regusto
—como de café amargo— que dejan algunos recuerdos intensos: hospitales donde la
paciencia se convirtió en virtud casi estoica, cuentas públicas que invitaban
al ciudadano a una saludable reflexión sobre el sacrificio compartido y una
gestión que, lejos de ser olvidada, ha quedado grabada con ese hierro fino que
solo deja huella cuando duele. Un paraíso, sí, pero de esos que obligan al
creyente a cuestionar seriamente la teología.
Lo cual, naturalmente, no resta mérito al gesto actual. Al
contrario: lo engrandece.
Porque hay que tener una fe inquebrantable —casi heroica—
para volver a intentarlo. Para mirar al pasado y decir: “esta vez sí”. Para
presentarse, una vez más, como la salvación de Andalucía quien ya lo demostró tan
sobradamente como para no ser olvidado.
Eso, al menos, merecería reconocerlo. Y el de todos los
españoles, porque Andalucía —conviene recordarlo— no es solo un pedazo de
tierra: es una parte esencial del alma de España.
Y gratitud.
Mucha, mucha gratitud… es un decir.
Moraleja
Al final, lo que queda no es tanto el discurso como la
impresión.
Y la impresión es clara: hemos sido testigos de un acto de
inmensa generosidad, digno de las grandes figuras de nuestra historia, de esas
heroínas que, como Agustina de Aragón, decidieron intervenir cuando la
situación lo requería. Aunque, en este caso, el cañón haya sido sustituido por
el micrófono y la épica por el argumentario.
Una figura que, pudiendo permanecer en las celestiales
alturas del poder —o eso dice—, ha decidido hacerse mortal, descender hasta el
polvo de lo cotidiano y mezclarse con el pueblo andaluz.
Teniendo en cuenta que, en un gesto de magnanimidad difícil
de igualar, ha encontrado un hueco en su apretada agenda para venir a salvarnos
—una vez más—, quizá estemos enfocando mal las cosas.
Tal vez no deba ser ella quien pida el voto, sino los
andaluces quienes, con la debida humildad, deberían ofrecérselo… confiando en
que se digne aceptarlo.
Al fin y al cabo, ante tamaño sacrificio, es lo menos que
puede hacer un pueblo agradecido.