PATER NOSTER. AMEN
Desde
hace mucho, muchísimo tiempo, cuando en el Colegio ¨La Salle¨ de Almería,
rezábamos casi todo en latín, llevo dándole vueltas en mi cabeza, algo que me
chocaba extraordinariamente.
Era
sencillamente por qué decíamos ¨audemus
dicere¨, del verbo audeo, ausus sum, cuya
traducción es: osar, atreverse, cuando rezábamos el Padrenuestro durante
la Sta. Misa. Repasaba, y
sigo repasando, en español y en latín, los pasajes del Evangelio en que el
mismo Jesucristo enseña a los Apóstoles a rezar. Y cómo en cierta ocasión, a
petición de uno de ellos, cuyo nombre no se indica, según se lee en Lucas 11,
1-4, sencillamente le contesta:<< El
les dijo: cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu
nombre,….>>
Y en
Mateo 6, 9-13, durante su ministerio en Galilea, dirigiéndose a toda la
muchedumbre allí reunida, después de anunciarles las Bienaventuranzas (Mt. 5, 1
y siguientes), hablarles sobre los
mandamientos a cumplir, deteniéndose especialmente en el 2º, 5º y 6º, y
advertirles sobre lo que representa el divorcio, Mt. 5, 31-32, aunque también
toca ete tema en Mt. 19, 3 y siguientes,tranquilamente
dice:<< Vosotros rezad así: Padre
nuestro que estás en el cielo,….>>.
Sigue
luego con las mismas palabras prácticamente que hemos leído en S. Lucas, aunque
introduciendo en algunos momentos, sentidos complementarios. Por ejemplo, en
Lucas habla de ¨pecado¨, aclarando el
concepto de ¨deudas¨ que aparece en Mateo.
Pero
en ninguna de las dos ocasiones aparece palabra alguna restrictiva o
admonitoria, ni la mínima advertencia sobre el hecho de dirigirse confiadamente
a Dios Padre, circunstancia ésta que le enfrenta en varias ocasiones a los
representantes de la Ley Judía.
Su
indicación puede considerarse más bien como una necesidad, como un derecho, que
alcanza los límites de una obligación, ya que en las dos situaciones utiliza,
para apoyar la forma de recitar la oración, el tiempo imperativo del verbo:¨decid¨, ¨orad¨, lo que, a mi modo de
ver, implica algo más que una recomendación.
Jesús
enseña a los discípulos, que por extensión somos nosotros, lo que deben hacer
para ponerse en contacto personal con ¨nuestro Padre que está en el cielo¨.
No
veo, por tanto, que deba suponer para nosotros un ¨atrevimiento¨, como expresa
la traducción al castellano del verbo audeo,
cuyo principal significado, osar, viene
definido en el Diccionario de la RAE como<< Atreverse, emprender alguna cosa con audacia>>. Y su seudónimo
atreverse, en su primera acepción, lo
define:<< determinarse a algún
hecho o dicho arriesgado>>. Y en la tercera va un poco más
allá:<< Insolentarse por faltar el
respeto debido>>.
Yo no
soy Filólogo, y mucho menos Teólogo, para lanzarme en busca de teorías que
alimenten una explicación de la situación que acabo de plantear, pero se me
ocurre una chiquillada, casi una broma, que puede servir también para pedir
excusas por mi ¨atrevimiento¨, ahora sí, atrevimiento, al meterme en este
barullo.
Supongamos
que hace muchos , pero que muchos años, tantos como siglos, cuando la imprenta
estaba lejos de ser imaginada, y para trasmitir el conocimiento a lugares
lejanos los libros, o escritos, se copiaban a mano por personas llamadas
¨copistas¨, cuyo trabajo era solo ese: copiar una y otra vez, la misma oración,
el mismo libro, la misma teoría.
Si a
uno de esos copistas se le escapó una letra, una sola, al principio de
determinada palabra, una ¨g¨, la primera del verbo ¨gaudeo¨, harto como estaba ya
de pasar horas y horas sin levantarse de su taburete, ( la silla normal y
corriente se inventó después ), y cuando se ponía el sol seguir rellenando
¨papiros¨, ( porque el papel tampoco se había inventado ), a la titilante luz
de un candil, o peor, de una vela de sebo maloliente, mojando su pluma de ave
en un mejunje negro, fabricado por especialistas, que acabó llamándose tinta.
Y
para arreglarlo, sin estropear el pliego, haciendo gala del conocimiento de la
lengua en que trabajaba, eliminó también una ¨a¨ del medio de la palabra
original, ya que había otra palabra que encajaba.
Resultaría entonces que debería haber escrito ¨gaudeamus¨. El significado ahora cambia sustancialmente, al que esa
voz pertenecía: el verbo ¨gaudeo, gavisus
sum¨, intransitivo, y cuya traducción al castellano da la vuelta
completamente al sentido de culpa que intenta instalarse en nosotros en
el verbo actual, ya que su significado real se traduciría por ¨gozo íntimo, alegrarse en el corazón. Y
ya esto, pienso en mi divagación, va ajustándose más a la enseñanza que intuimos
proponía Jesús.
Fijémonos,
para acabar de aclarar mis ideas, que en ningún escrito de referencia, se
utiliza el otro verbo latino que asimismo expresa el sentimiento de alegría, el
verbo ¨laetor¨, también intransitivo,
pero con la cualidad de deponente, características que no es lugar éste
para explicar, ya que no se trata de una clase de lengua latina, ni mucho
menos, y ya está bien con lo expuesto.
En
relación con los párrafos anteriores, solo me gustaría añadir, quizá como
excusa por mi atrevimiento, ahora sí, atrevimiento, a pergeñar estas líneas, el hecho de oír en
muchas celebraciones de la Sta. Misa, cómo el sacerdote oficiante, cambia
precisamente la fórmula litúrgica que figura en su Misal, por algo parecido a
lo que hemos expuesto. Cada vez con más frecuencia se oye:<< Nos
alegramos al decir…>>. En otras ocasiones se inicia la secuencia con un
:<< todos juntos, o reunidos en común alegría; o bien; confiadamente
todos juntos recemos la oración que el Señor nos enseñó,…>>.
Y ya
que estamos con el Padrenuestro de la Sta.Misa, para terminar, nunca mejor
dicho, hemos visto que en la reforma litúrgica introducida por el C.V.II, se ha
suprimido el AMEN final. Bueno, realmente no se ha suprimido: se ha adelantado.
Después
de los Ritos Iniciales con que empieza el Santo Sacrificio, y después de la
Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística, se lee la Plegaria Eucarística,
de las que figuran varias en el Misal, con
el fin de que el sacerdote puede elegir de acuerdo con la intención que presida
la celebración.
Normalmente
estamos acostumbrados a rezar la P.E.II, quizá por razón de su brevedad, aunque
también son relativamente usuales la P.E.I, conocida oficialmente como ¨Canon
Romano¨, así como la P.E. IV, pero todas ellas acaban con la misma
intercesión:<< Por Cristo, con El y
en El, a Ti Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor
y toda gloria por los siglos de los siglos.>>
Con esta
oración, vulgarmente conocida como elevación menor, puesto que mientras
la recita, el sacerdote mantiene ligeramente elevadas sobre el altar, la
Sagrada Hostia y el Cáliz con el vino, ya consagrados, termina la PLEGARIA
EUCARÍSTICA, Y todo el pueblo responde: Amen.
Empieza
aquí el RITO DE LA COMUNIÓN, con el rezo del Padrenuestro, que es la forma de unirse todos alrededor de esos
elementos que vamos a recibir, ya convertidos, por las palabras del oficiante,
en el Cuerpo y la Sangre reales y verdaderas de Nº Señor, con toda su
humanidad, y toda su divinidad.
La
unánime aceptación y reconocimiento de este singular prodigio es lo que impulsa
el Amen de todos los participantes. Por eso algunos autores eclesiásticos le
han llamado el gran amen, como
explica deliciosamente F. M. AROCENA en su libro ¨EN EL CORAZON DE LA LITURGIA
(Ed. Palabra, 1999).
Y tan
importante es su significado, que en las Misas solemnes, especialmente las
cantadas en grandes festividades, se suele repetir hasta tres veces. Por eso
también se suprime al final del Padrenuestro que se entona a continuación,
después de una breve oración introductoria, al considerar que los fieles allí
reunidos han asumido en ese AMEN, su participación en las siete peticiones que
componen la ORACIÓN DOMINICAL, como también se le conoce.
Todo
ello sin embargo, no presupone que deba ser suprimida la palabra AMEN,
como resumen de lo que pedimos, cuando dicha oración se reza
independientemente de todas las otras circunstancias descritas.
Es el
modo NATURAL de terminar todas nuestras oraciones vocales, con lo que
expresamos nuestra aceptación y
compromiso en todo lo que acabamos de decir, puesto que el significado
de esta palabra, como todos sabemos, no es otro que ASI SEA.
Por
muy devotamente que se haya rezado una oración, la que corresponda, si no
expresamos nuestro deseo de interiorizar todo lo que hemos dicho, puede dar la
sensación que hablamos de balde. Y la contradicción se acentúa si lo omitimos en esta oración y no en las demás. ¿Qué
conclusiones se podrían sacar entonces?
No me
atrevo ni a pensar en ello. La sensación que me queda es que algo queda sin
terminar. Y se me viene a la cabeza qué sentiríamos, por ejemplo, al rezar un
Rosario sin decir AMEN al finalizar cada AVEMARIA.
Supongo
que esta omisión, tan extendida y no justificada hoy día, se deba a una de
tantas interpretaciones ¨ad libitum¨ que se han hecho, y se siguen haciendo,
del C.V. II, porque nunca se ha pronunciado la Iglesia sobre la conveniencia,
ni siquiera la posibilidad, de eliminar el AMÉN de todas, o algunas, oraciones.
Es
más, en el CATECISMO DE LA IGLESIA, promovido por S. Juan Pablo II, en su
referencia 2856, la última de la SEGUNDA SECCIÓN con que termina y finaliza el
Catecismo, y dedicada exclusivamente a la exégesis de ¨LA ORACIÓN DEL SEÑOR:
PADRE NUESTRO¨, en su DoxologÍa Final, y por tanto de la CONSTITUCIÓN
APOSTÓLICA ¨FIDEI DEPPOSITUM¨ que lo acoge, se lee textualmente:<<¨Después, terminada la oración, dices: Amén,
refrendando por medio de este Amén, que significa ´Así sea´(Cf. Lc1, 38), lo
que contiene la oración que Dios nos enseñó¨( s. Cirilo de Jerusalen, catech.
Myst. 5, 18 ).
Aunque
sea una comparación algo extraña, se me ocurre el símil de un magnífico
cirujano, que después de una intervención perfecta, no cose la herida, y se marcha
tan contento. Tengo la sensación que esa operación no va a servir para nada. O
habrá que volver a hacerla otra vez.
Málaga, Marzo, 2026