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PATER NOSTER

Wed, 15 Apr 2026 18:42:00
 
ALBERTO LÓPEZ PALANCO. DR. ARQUITECTO.

 

PATER NOSTER. AMEN

 

Desde hace mucho, muchísimo tiempo, cuando en el Colegio ¨La Salle¨ de Almería, rezábamos casi todo en latín, llevo dándole vueltas en mi cabeza, algo que me chocaba extraordinariamente.

Era sencillamente por qué decíamos ¨audemus dicere¨, del verbo audeo, ausus sum, cuya traducción es: osar, atreverse, cuando rezábamos el Padrenuestro durante la Sta. Misa.                  Repasaba, y sigo repasando, en español y en latín, los pasajes del Evangelio en que el mismo Jesucristo enseña a los Apóstoles a rezar. Y cómo en cierta ocasión, a petición de uno de ellos, cuyo nombre no se indica, según se lee en Lucas 11, 1-4, sencillamente le contesta:<< El les dijo: cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu nombre,….>>

Y en Mateo 6, 9-13, durante su ministerio en Galilea, dirigiéndose a toda la muchedumbre allí reunida, después de anunciarles las Bienaventuranzas (Mt. 5, 1 y siguientes),  hablarles sobre los mandamientos a cumplir, deteniéndose especialmente en el 2º, 5º y 6º, y advertirles sobre lo que representa el divorcio, Mt. 5, 31-32, aunque también toca ete tema en  Mt. 19, 3 y siguientes,tranquilamente dice:<< Vosotros rezad así: Padre nuestro que estás en el cielo,….>>.

Sigue luego con las mismas palabras prácticamente que hemos leído en S. Lucas, aunque introduciendo en algunos momentos, sentidos complementarios. Por ejemplo, en Lucas habla de ¨pecado¨, aclarando el concepto de ¨deudas¨ que aparece en Mateo.

Pero en ninguna de las dos ocasiones aparece palabra alguna restrictiva o admonitoria, ni la mínima advertencia sobre el hecho de dirigirse confiadamente a Dios Padre, circunstancia ésta que le enfrenta en varias ocasiones a los representantes de la Ley Judía.

Su indicación puede considerarse más bien como una necesidad, como un derecho, que alcanza los límites de una obligación, ya que en las dos situaciones utiliza, para apoyar la forma de recitar la oración, el tiempo imperativo del verbo:¨decid¨, ¨orad¨, lo que, a mi modo de ver, implica algo más que una recomendación.

Jesús enseña a los discípulos, que por extensión somos nosotros, lo que deben hacer para ponerse en contacto personal con ¨nuestro Padre que está en el cielo¨.

No veo, por tanto, que deba suponer para nosotros un ¨atrevimiento¨, como expresa la traducción al castellano del verbo audeo, cuyo principal significado, osar, viene definido en el Diccionario de la RAE como<< Atreverse, emprender alguna cosa con audacia>>. Y su seudónimo atreverse, en su primera acepción, lo define:<< determinarse a algún hecho o dicho arriesgado>>. Y en la tercera va un poco más allá:<< Insolentarse por faltar el respeto debido>>.

Yo no soy Filólogo, y mucho menos Teólogo, para lanzarme en busca de teorías que alimenten una explicación de la situación que acabo de plantear, pero se me ocurre una chiquillada, casi una broma, que puede servir también para pedir excusas por mi ¨atrevimiento¨, ahora sí, atrevimiento, al meterme en este barullo.

Supongamos que hace muchos , pero que muchos años, tantos como siglos, cuando la imprenta estaba lejos de ser imaginada, y para trasmitir el conocimiento a lugares lejanos los libros, o escritos, se copiaban a mano por personas llamadas ¨copistas¨, cuyo trabajo era solo ese: copiar una y otra vez, la misma oración, el mismo libro, la misma teoría.

Si a uno de esos copistas se le escapó una letra, una sola, al principio de determinada palabra, una ¨g¨, la primera del verbo ¨gaudeo¨, harto como estaba ya de pasar horas y horas sin levantarse de su taburete, ( la silla normal y corriente se inventó después ), y cuando se ponía el sol seguir rellenando ¨papiros¨, ( porque el papel tampoco se había inventado ), a la titilante luz de un candil, o peor, de una vela de sebo maloliente, mojando su pluma de ave en un mejunje negro, fabricado por especialistas, que acabó llamándose tinta.

Y para arreglarlo, sin estropear el pliego, haciendo gala del conocimiento de la lengua en que trabajaba, eliminó también una ¨a¨ del medio de la palabra original, ya que había otra palabra que encajaba.

Resultaría entonces que debería haber escrito ¨gaudeamus¨. El significado ahora cambia sustancialmente, al que esa voz pertenecía: el verbo ¨gaudeo, gavisus sum¨, intransitivo, y cuya traducción al castellano da la vuelta completamente al sentido de culpa que intenta instalarse en nosotros en el verbo actual, ya que su significado real se traduciría por ¨gozo íntimo, alegrarse en el corazón. Y ya esto, pienso en mi divagación, va ajustándose más a la enseñanza que intuimos proponía Jesús.

Fijémonos, para acabar de aclarar mis ideas, que en ningún escrito de referencia, se utiliza el otro verbo latino que asimismo expresa el sentimiento de alegría, el verbo ¨laetor¨, también intransitivo, pero con la cualidad de deponente, características que no es lugar éste para explicar, ya que no se trata de una clase de lengua latina, ni mucho menos, y ya está bien con lo expuesto.

En relación con los párrafos anteriores, solo me gustaría añadir, quizá como excusa por mi atrevimiento, ahora sí, atrevimiento,  a pergeñar estas líneas, el hecho de oír en muchas celebraciones de la Sta. Misa, cómo el sacerdote oficiante, cambia precisamente la fórmula litúrgica que figura en su Misal, por algo parecido a lo que hemos expuesto. Cada vez con más frecuencia se oye:<< Nos alegramos al decir…>>. En otras ocasiones se inicia la secuencia con un :<< todos juntos, o reunidos en común alegría; o bien; confiadamente todos juntos recemos la oración que el Señor nos enseñó,…>>.

Y ya que estamos con el Padrenuestro de la Sta.Misa, para terminar, nunca mejor dicho, hemos visto que en la reforma litúrgica introducida por el C.V.II, se ha suprimido el AMEN final. Bueno, realmente no se ha suprimido: se ha adelantado.

Después de los Ritos Iniciales con que empieza el Santo Sacrificio, y después de la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística, se lee la Plegaria Eucarística, de las  que figuran varias en el Misal, con el fin de que el sacerdote puede elegir de acuerdo con la intención que presida la celebración.

Normalmente estamos acostumbrados a rezar la P.E.II, quizá por razón de su brevedad, aunque también son relativamente usuales la P.E.I, conocida oficialmente como ¨Canon Romano¨, así como la P.E. IV, pero todas ellas acaban con la misma intercesión:<< Por Cristo, con El y en El, a Ti Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.>>

Con esta oración, vulgarmente conocida como elevación menor, puesto que mientras la recita, el sacerdote mantiene ligeramente elevadas sobre el altar, la Sagrada Hostia y el Cáliz con el vino, ya consagrados, termina la PLEGARIA EUCARÍSTICA, Y todo el pueblo responde: Amen.

Empieza aquí el RITO DE LA COMUNIÓN, con el rezo del Padrenuestro, que es  la forma de unirse todos alrededor de esos elementos que vamos a recibir, ya convertidos, por las palabras del oficiante, en el Cuerpo y la Sangre reales y verdaderas de Nº Señor, con toda su humanidad, y toda su divinidad.

La unánime aceptación y reconocimiento de este singular prodigio es lo que impulsa el Amen de todos los participantes. Por eso algunos autores eclesiásticos le han llamado el gran amen, como explica deliciosamente F. M. AROCENA en su libro ¨EN EL CORAZON DE LA LITURGIA (Ed. Palabra, 1999).

Y tan importante es su significado, que en las Misas solemnes, especialmente las cantadas en grandes festividades, se suele repetir hasta tres veces. Por eso también se suprime al final del Padrenuestro que se entona a continuación, después de una breve oración introductoria, al considerar que los fieles allí reunidos han asumido en ese AMEN, su participación en las siete peticiones que componen la ORACIÓN DOMINICAL, como también se le conoce.

Todo ello sin embargo, no presupone que deba ser suprimida la palabra AMEN, como  resumen de lo que pedimos, cuando dicha oración se reza independientemente de todas las otras circunstancias descritas.

Es el modo NATURAL de terminar todas nuestras oraciones vocales, con lo que expresamos nuestra aceptación y  compromiso en todo lo que acabamos de decir, puesto que el significado de esta palabra, como todos sabemos, no es otro que ASI SEA.

Por muy devotamente que se haya rezado una oración, la que corresponda, si no expresamos nuestro deseo de interiorizar todo lo que hemos dicho, puede dar la sensación que hablamos de balde. Y la contradicción se acentúa si lo omitimos  en esta oración y no en las demás. ¿Qué conclusiones se podrían sacar entonces?

No me atrevo ni a pensar en ello. La sensación que me queda es que algo queda sin terminar. Y se me viene a la cabeza qué sentiríamos, por ejemplo, al rezar un Rosario sin decir AMEN al finalizar cada AVEMARIA.

Supongo que esta omisión, tan extendida y no justificada hoy día, se deba a una de tantas interpretaciones ¨ad libitum¨ que se han hecho, y se siguen haciendo, del C.V. II, porque nunca se ha pronunciado la Iglesia sobre la conveniencia, ni siquiera la posibilidad, de eliminar el AMÉN de todas, o algunas, oraciones.

Es más, en el CATECISMO DE LA IGLESIA, promovido por S. Juan Pablo II, en su referencia 2856, la última de la SEGUNDA SECCIÓN con que termina y finaliza el Catecismo, y dedicada exclusivamente a la exégesis de ¨LA ORACIÓN DEL SEÑOR: PADRE NUESTRO¨, en su DoxologÍa Final, y por tanto de la CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA ¨FIDEI DEPPOSITUM¨ que lo acoge, se lee textualmente:<<¨Después, terminada la oración, dices: Amén, refrendando por medio de este Amén, que significa ´Así sea´(Cf. Lc1, 38), lo que contiene la oración que Dios nos enseñó¨( s. Cirilo de Jerusalen, catech. Myst. 5, 18 ).

Aunque sea una comparación algo extraña, se me ocurre el símil de un magnífico cirujano, que después de una intervención perfecta, no cose la herida, y se marcha tan contento. Tengo la sensación que esa operación no va a servir para nada. O habrá que volver a hacerla otra vez.

Málaga, Marzo, 2026







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