Moncada/ESPAÑA.- A las siete y cuarto de la mañana con la oración de 'laudes' arranca la jornada en el seminario mayor de Moncada. Un inmenso edificio acoge a medio centenar de futuros sacerdotes que lo han dejado todo para entregar su vida a Dios. En este curso escolar que ya toca a su fin ha habido un repunte en el número de seminaristas. «En la sociedad actual, la vocación es un milagro», asevera con una sonrisa cercana el rector del centro, Fernando Ramón.
Casualidad o no, el ligero aumento coincide con la acuciante crisis. No cree que nadie se plantee el sacerdocio como una profesión. Pero sí admite que en medio de esta tormenta, económica y de valores, la gente mira más al cielo. «Toca a la conciencia de la gente. La crisis no produce efectos inmediatos, pero sí puede llevar a más vocaciones».
Hay más fe en los peores momentos. 22 ingresos en las Diócesis de Valencia, Segorbe-Castellón y Orihuela-Alicante. Son las últimas cifras de la Conferencia Episcopal. Jóvenes como Juan, Chimo y Domingo.
También está allí Luis. Valenciano. 39 años. Vocación tardía. Licenciado en Historia. Apartado de la Iglesia y con vistas a casarse con su novia y tener hijos. Su vida dio un giro total y ya lleva cuatro años en el seminario. «Estaba trabajando en México cuando falleció mi hermano. Ahí fue cuando afloró en mí una inquietud», afirma pausado.
Después, varias señales de Dios que empezaba a encajar. Dejó su empleo de entonces, comenzó a trabajar en la Universidad Católica de Valencia y a coordinar la acción social para estudiantes. Cada día estaba más cerca de lo divino. Empezó a ir a misa diariamente «y me comprometí a cambiar de vida, a cambiar mi historia de pecado en la que no le miraba a Él», asegura. «Ahí aún me planteaba el matrimonio, casarme y tener descendencia».
Hasta que una noche de mayo de 2008, leyendo el evangelio de Lucas en el que Dios dice que el que quiera ser discípulo ha de dejar a sus padres, a su esposa y a sus hijos «me rompió por dentro». Y hasta hoy.
El rector, Fernando Ramón, afirma que no hay un perfil de seminaristas. «Muchos son jóvenes pero también hay mayores. Unos han estado desvinculados de la Iglesia pero otros han estado ligados desde niños a las parroquias», detalla. Como Domingo, un joven de 23 años de Foios. Desde pequeño estuvo vinculado a la oración. «Yo seguía saliendo con mis amigos, la verdad es que tenía la vida muy bien montada pero también sabía que tenía que enfrentarme a qué quería hacer con ella». «'¿Y si mi camino es ser sacerdote?' Tengo que quitarme la espinita. Pasé un año duro, me costaba dejarlo todo...» Dos años después asegura que no echa muchas cosas de menos. «Quizá anhelas alguna vez menos rutinas, aunque eso también me ayuda», argumenta.
Juan Huguet es el más joven de todos. Tiene 18 años y sus palabras desvelan la inocencia propia de su edad. «Tengo tres hermanos y mi familia pertenece al Camino Neocatecumenal. Desde siempre he vivido cerca la presencia de Dios». Asegura que conforme fue creciendo «me daba cuenta de las cosas. Sentía algo en mi interior. En un encuentro en 2007 con el Papa pidieron vocaciones. Yo estaba asustado, Dios me había hablado, lo sentía cerca pero lo dejé pasar y seguí con mi vida...» Acabó 4º de ESO. Ese verano acompañó a uno de sus hermanos que sí iba a entrar a un seminario. «Me entrevisté con el rector y le dije que tenía mucho miedo. Ha ido pasando el tiempo y me he dado cuenta de que el amor de Dios es infinito. Me siento muy amado», asegura.
Es lo mismo que siente Chimo Silvestre, otro de sus compañeros. La conexión con la Iglesia de este joven de Ontinyent comenzó con la asociación de campaneros. «Un día vinieron a una de las visitas guiadas que se hacen a lo alto del campanario los seminaristas de Moncada. Me quedé impresionado», afirma. «Yo llamaba a la gente con las campanas y al final el llamado he sido yo», reflexiona.