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El Papa presidió la celebración del Viernes Santo y adoró la santa cruz |
El Papa presidió la celebración del Viernes Santo y adoró la santa cruzFri, 30 Mar 2018 22:44:00
El papa Francisco presidió esta tarde de Viernes Santo, la celebración
de la Pasión del Señor, en la Basílica de San Pedro. En este día en el
que la Iglesia recuerda la muerte de Cristo en la Cruz, no se celebra
misa, único día del año.
La celebración litúrgica incluye una celebración de la Palabra, la
lectura de la Pasión según el Evangelio de San Juan, la adoración de la
Cruz y concluye con la comunión eucarística. Es una celebración
sencilla, sobria, sin música ni ornamentos y centrada en la muerte de
Jesús.
Antes del comienzo de la ceremonia, los celebrantes se postran en el
suelo, ante el altar. Es un símbolo de cómo la humanidad implora perdón
por sus pecados. Así lo hizo el papa Francisco, vestido de púrpura en
recuerdo de la sangre de Jesús derramada en el Calvario.
El Santo Padre, postrado en el suelo, oró durante unos minutos junto
a todos los fieles arrodillados presentes en la basílica. Después de
ese instante de oración silenciosa, el pontífice, con la ayuda de los
ceremonieros, se puso de nuevo en pie y se procedió a la proclamación de
la Palabra.
Tras las lecturas, se descubrió la cruz y se adoró con la siguiente
aclamación pronunciada tres veces: “Miren el árbol de la Cruz, donde
estuvo clavada la salvación del mundo. ¡Vengan a adorarlo!”.
La homilía la realizó el sacerdote capuchino, padre Raniero
Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia quien señaló que “Cristo
en la cruz era el nuevo templo de Dios, de cuyo costado, como había
predicho el profeta Ezequiel, brota el agua de la vida”.
Reflexionando sobre el significado más intrínseco de la cruz de
Cristo, y de la omnipresencia del Crucificado en nuestras iglesias, en
los altares y en cualquier lugar frecuentado por cristianos; el padre
Cantalamessa propuso dos claves de lectura para este misterio cristiano,
apoyándose en la sugerencia que afirma que Dios se revela «sub
contraria specie», es decir; bajo lo contrario de lo que él es en
realidad: revela su potencia en la debilidad, su sabiduría en la
necedad, su riqueza en la pobreza.
“Sin embargo, esta clave de lectura no se aplica a la cruz”, añadió
el predicador, señalando que en la cruz, Dios se revela «sub propia
specie», es decir, por lo que él es, en su realidad más íntima y más
verdadera.
«Dios es amor», escribe Juan (1 Jn 4,10), amor oblativo, y sólo en
la cruz se hace manifiesto hasta dónde se abre paso esta capacidad
infinita de auto-donación de Dios.
Además, subrayó que “en el año en que la Iglesia celebra un Sínodo
sobre los jóvenes y quiere ponerlos en el centro de la propia
preocupación pastoral, la presencia en el Calvario del discípulo que
Jesús amaba, encierra un mensaje especial. Tenemos todos los motivos
para creer que Juan se adhirió a Jesús cuando todavía era bastante
joven”.
“Justamente nos esforzaremos en este año por descubrir qué espera
Cristo de los jóvenes, qué pueden dar a la Iglesia y a la sociedad. Lo
más importante, sin embargo, es otra cosa: es hacer conocer a los
jóvenes lo que Jesús tiene que aportarles”.
Por otro lado, diferenció entre el mundo que no se debe amar y el
que sí se debe amar. “El mundo que no debemos amar, y al cual no debemos
someternos, no es, lo sabemos, el mundo creado y amado por Dios, no son
los hombres del mundo a cuyo encuentro, por el contrario, siempre
debemos ir, especialmente a los pobres, a los últimos”.
“El ‘mezclarse’ con este mundo del sufrimiento y de la marginación
es, paradójicamente, el mejor modo de ‘separarse’ del mundo, porque es
ir allá donde el mundo evita ir con todas sus fuerzas. Es separase del
principio mismo que rige el mundo, es decir, el egoísmo”.
En cambio, “el mundo que no hay que amar es otro; es el mundo tal
como ha llegado a ser bajo el dominio de Satanás y del pecado, ‘el
espíritu que está en el aire’ lo llama san Pablo”.
Homilía del P. Cantalamessa
«Quien lo ha visto da testimonio de ello»
Al llegar donde estaba Jesús, viendo que ya estaba muerto, no le
rompieron las piernas, sino que uno de los soldados con una lanza le
atravesó el costado, e inmediatamente salió sangre y agua. Quien lo ha
visto da testimonio de ello y su testimonio es verdadero; él sabe que
dice la verdad, para que también ustedes crean (Jn 19, 33-35).
Nadie podrá nunca convencernos de que esta solemne declaración no
corresponda a la verdad histórica, que quien dice que estaba allí y vio,
en realidad no estaba allí y no vio. En este caso se juega en ello la
honestidad del autor. En el Calvario, a los pies de la cruz, estaba la
Madre de Jesús y, junto a ella, «el discípulo que Jesús amaba». ¡Tenemos
un testigo ocular!
Él «vio» no sólo lo que ocurría bajo la mirada de todos. A la luz
del Espíritu Santo, después de la Pascua, vio también el sentido de lo
que había sucedido: que en ese momento era inmolado el verdadero Cordero
de Dios y se realizaba el sentido de la Pascua antigua; que Cristo en
la cruz era el nuevo templo de Dios, de cuyo costado, como había
predicho el profeta Ezequiel (47,1ss.), brota el agua de la vida; que el
espíritu que él entrega en el momento de la muerte (Jn 19, 30) da
comienzo a la nueva creación, como «el Espíritu de Dios», aleteando
sobre las aguas había transformado, al principio, el caos en el cosmos.
Juan, entendió el sentido recóndito de las últimas palabras de Jesús:
«Todo está cumplido».
Pero, ¿por qué —nos preguntamos—, esta ilimitada concentración de
significado en la cruz de Cristo? ¿Por qué esta omnipresencia del
Crucificado en nuestras iglesias, en los altares y en cualquier lugar
frecuentado por cristianos? Alguien ha sugerido una clave de lectura del
misterio cristiano, diciendo que Dios se revela «sub contraria specie»,
bajo lo contrario de lo que él es en realidad: revela su potencia en la
debilidad, su sabiduría en la necedad, su riqueza en la pobreza...
Esta clave de lectura no se aplica a la cruz. En la cruz Dios se
revela «sub propia specie», por lo que él es, en su realidad más íntima y
más verdadera. «Dios es amor», escribe Juan (1 Jn 4,10), amor oblativo,
y sólo en la cruz se hace manifiesto hasta dónde se abre paso esta
capacidad infinita de auto-donación de Dios. «Habiendo amado a los suyos
que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1); «Tanto
amó Dios al mundo que dio (¡a la muerte!) al Hijo unigénito» (Jn 3,16);
«Me amó y entregó (¡a la muerte!) a sí mismo por mí» (Gál 2,20).
En el año en que la Iglesia celebra un Sínodo sobre los jóvenes y
quiere ponerlos en el centro de la propia preocupación pastoral, la
presencia en el Calvario del discípulo que Jesús amaba, encierra un
mensaje especial. Tenemos todos los motivos para creer que Juan se
adhirió a Jesús cuando todavía era bastante joven. Fue un auténtico
enamoramiento. Todo el resto pasó de golpe a segunda línea. Fue un
encuentro «personal», existencial. Si en el centro del pensamiento de
Pablo está el obrar de Jesús, su misterio pascual de muerte y
resurrección, en el centro del pensamiento de Juan está el ser, la
persona de Jesús. De ahí todos esos «Yo soy» de resonancias eternas que
salpican su Evangelio: «Yo soy el camino, la verdad y la vida», «Yo soy
la luz», «Yo soy la puerta», simplemente «Yo soy».
Juan era, casi con certeza, uno de los dos discípulos del Bautista
que, al comparecer en la escena de Jesús, fueron detrás de él. A su
pregunta: «Rabbì, ¿dónde vives?», Jesús respondió: «Venid y veréis».
«Fueron, pues, y ese día se quedaron con él; eran aproximadamente las
cuatro de la tarde» (Jn 1,35-39). Esa hora decidió sobre su vida y por
eso nunca la olvidó.
Justamente nos esforzaremos en este año por descubrir qué espera
Cristo de los jóvenes, qué pueden dar a la Iglesia y a la sociedad. Lo
más importante, sin embargo, es otra cosa: es hacer conocer a los
jóvenes lo que Jesús tiene que aportarles. Juan lo descubrió estando con
él: «vida en abundancia», «alegría plena».
Hagamos que en todos los discursos sobre los jóvenes y a los jóvenes
resuene en el trasfondo la apremiante invitación del Santo Padre en la
Evangelii gaudium: «Invito a todo cristiano, en cualquier lugar y
situación que se encuentre, a renovar hoy mismo su encuentro personal
con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por
Él, de buscarlo cada día sin descanso. No hay motivo para que alguien
pueda pensar que esta invitación no es para él» (EG 3). Encontrar
personalmente a Cristo también es posible hoy porque él está resucitado;
es una persona viva, no un personaje. Todo es posible después de este
encuentro personal; nada cambiará realmente en la vida sin él.
Además del ejemplo de su vida, el evangelista Juan dejó también un
mensaje escrito a los jóvenes. En su Primera Carta leemos estas
conmovedoras palabras de un anciano a los jóvenes de sus Iglesias:
«Les escribo a ustedes, jóvenes, porque son fuertes y la Palabra de
Dios permanece en ustedes y han vencido al maligno. ¡No amen el mundo,
ni las cosas del mundo!» (1 Jn 2,14-15)
El mundo que no debemos amar, y al cual no debemos someternos, no
es, lo sabemos, el mundo creado y amado por Dios, no son los hombres del
mundo a cuyo encuentro, por el contrario, siempre debemos ir,
especialmente a los pobres, a los últimos. El «mezclarse» con este mundo
del sufrimiento y de la marginación es, paradójicamente, el mejor modo
de «separarse» del mundo, porque es ir allá donde el mundo evita ir con
todas sus fuerzas. Es separase del principio mismo que rige el mundo, es
decir, el egoísmo.
No, el mundo que no hay que amar es otro; es el mundo tal como ha
llegado a ser bajo el dominio de Satanás y del pecado, «el espíritu que
está en el aire» lo llama san Pablo (Ef 2,1-2). Un papel decisivo
desempeña en él la opinión pública, hoy también literalmente espíritu
«que está en el aire» porque se difunde por el aire a través de las
infinitas posibilidades de la técnica. «Se determina un espíritu de gran
intensidad histórica, al que el individuo difícilmente se puede
sustraer. Nos atenemos al espíritu general, lo consideramos evidente.
Actuar o pensar o decir algo contra él es considerado cosa absurda o
incluso una injusticia o un delito. Entonces no se osa ya situarse
frente a las cosas y a la situación, y sobre todo a la vida, de manera
diferente a como las presenta».
Es lo que llamamos adaptación al espíritu de los tiempos,
conformismo. Un gran poeta creyente del siglo pasado, T.S. Eliot,
escribió tres versos que dicen más que libros enteros: «En un mundo de
fugitivos, la persona que toma la dirección opuesta parecerá un
desertor».
Queridos jóvenes cristianos, si se le permite a un anciano como Juan
dirigirse directamente a ustedes, los exhorto: ¡Sean de los que toman
la dirección opuesta! ¡Tengan la valentía de ir contra corriente! La
dirección opuesta, para nosotros, no es un lugar, es una persona, es
Jesús nuestro amigo y redentor.
Se los confía particularmente una tarea a ustedes: salvar el amor
humano de la deriva trágica en la que ha terminado: el amor que ya no es
don de sí, sino sólo posesión —a menudo violenta y tiránica— del otro.
En la cruz Dios se reveló como ágape, amor que se dona. Pero el ágape
nunca está separado del eros, del amor de búsqueda, del deseo y de la
alegría de ser amado. Dios no nos hace sólo la «caridad» de amarnos: nos
desea; en toda la Biblia se revela como esposo enamorado y celoso.
También el suyo es un amor «erótico», en el sentido noble de este
término. Es lo que explicó Benedicto XVI en la encíclica «Deus caritas
est».
«Eros y agapé —amor ascendente y amor descendente— nunca llegan a
separarse completamente [...]. La fe bíblica no construye un mundo
paralelo o contrapuesto al fenómeno humano originario del amor, sino que
asume a todo el hombre, interviniendo en su búsqueda de amor para
purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones» (nn.7-8).
No se trata, pues, de renunciar a las alegrías del amor, a la
atracción y al eros, sino de saber unir al eros el ágape, al deseo del
otro, la capacidad de darse al otro, recordando lo que san Pablo refiere
como un dicho de Jesús: «Hay más alegría en dar que en recibir» (Hch
20,35).
Es una capacidad que no se forja en un día. Es necesario prepararse
para donarse totalmente uno mismo a otra criatura en el matrimonio, o a
Dios en la vida consagrada, empezando por donar el propio tiempo, la
sonrisa y la propia juventud en la familia, en la parroquia, en el
voluntariado. Lo que muchos de vosotros silenciosamente hacéis.
Jesús en la cruz no sólo nos ha dado el ejemplo de un amor de
donación llevado hasta el extremo; nos ha merecido la gracia de poderlo
ejercitar, en pequeña parte, en nuestra vida. El agua y la sangre que
brotaron de su costado llegan a nosotros hoy en los sacramentos de la
Iglesia, en la Palabra, aunque sólo mirando con fe al Crucificado. Juan
vio proféticamente una última cosa bajo la cruz: hombres y mujeres de
todo tiempo y de cada lugar que miraban a «quien fue traspasado» y
lloraba de arrepentimiento y de consuelo (cf. Jn 19, 37; Zac 12,10). A
ellos nos unimos también nosotros en los gestos litúrgicos que seguirán
dentro de poco.+
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