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XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

Sun, 15 Sep 2019 18:36:00

CAMINEO.INFO.- Hemos escuchado la parábola del hijo pródigo, pero el protagonista principal no es el hijo pródigo, sino el Padre misericordioso. Y hoy quisiera centrarme en la figura del Padre.

 

De todas las parábolas que Jesús explicó a lo largo de  su vida, seguramente la que mejor explica cómo es Dios, es la parábola que hoy hemos leído. Ninguna parábola nos habla mejor de cómo es Dios.

 

Si una persona que no supiera nada del cristianismo, y hoy en día hay muchas, quisiera saber cómo es el Dios de los cristianos le tendríamos que leer esta parábola y acabar diciendo: “este Padre misericordioso es nuestro Dios”.

 

El abrazo que hoy contemplamos es para mí una de las imágenes más bonitas del Nuevo Testamento: “lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos”.

 

1.   El padre salía cada día a esperarlo, y miraba al horizonte, por eso lo ve de lejos. Y al verle se conmueve. A pesar del grave desprecio de pedir la herencia en vida al padre, el padre ya lo había perdonado en su corazón.

 

2. ¡¡Corre hacia él!!

3. Es el Padre quien se le echa al cuello.

4.  Y lo besó.

5.  No deja ni que acabe su disculpa.

6.  Y hace que le restituyan la condición de hijo.

7.  ¡¡Organiza una fiesta!! ¡¡Está exultante de alegría!!

 

Y a todo esto, siendo el arrepentimiento del hijo muy imperfecto:  vuelve porque tiene hambre, pero, es perfectamente amado y abrazado.

 

Es impresionante este abrazo del Padre. Un abrazo que acoge, que perdona, que restaura, que rehace lo que el pecado había destruido. Un abrazo que acaba en fiesta. Y el hijo que nunca se había sentido hijo, en aquel abrazo se sintió hijo amado del padre. Cuando descubre la grandeza del amor del Padre, se descubre a sí mismo como a hijo. ¡¡Qué bonito!!

 

Lección para nosotros: cuando experimentamos el amor del Padre, entonces me descubro hijo.

 

Fijaros que cuando se propone volver, es él quien da las soluciones y las quiere proponer al Padre. Sigue fundamentado en su propia voluntad. Descubrirá que es hijo amado cuando sea abrazado por el Padre. Es este abrazo que le hace descubrirse dentro de una relación de amor.

 

Es este abrazo el que todos hemos de vivir y de experimentar. Si no vivimos nuestra fe, nuestra vida cristiana, dentro de esta relación de amor, no lo  lograremos.

 

O nos situamos dentro de esta relación de amor o la práctica religiosa se puede convertir en la tumba de la relación con Dios, en lugar del ámbito del encuentro vivificante y festivo con Dios.

 

O nos situamos dentro de esta relación de amor o lo que estamos haciendo es afirmar nuestra propia voluntad, incluso haciendo buenas obras y actos piadosos. Porque sólo podemos desear vivir la voluntad de Dios si nos sentimos amados por él. 

 

Sólo dentro de esta relación de amor hijo-Padre encontramos nuestra verdadera identidad: somos hijos en el Hijo, por la donación del Espíritu Santo.

No hay ninguna experiencia tan transformante como sentirse amado por Dios. ¿Y cómo podemos hacer esta experiencia que es tan importante para nuestra fe?

 

Algunos caminos muy concretos:

 

1. Empecemos la oración poniéndonos a la presencia de Dios que nos mira, que nos escucha, que quiere un diálogo con nosotros, y que nos ama. Lo hacemos, uno, dos minutos, y esto cambia nuestra oración. Para mí, a veces, es la mejor parte de la plegaria.

 

2. Todo lo que vemos que Jesús dice, por ejemplo, a la Samaritana: “Si conocieras el don de Dios”, o todo lo que Jesús hace, cuando cura al ciego Bartimeo, nos lo hace a nosotros. ¿Cómo no sentir su amor cuando le contemplamos hablándonos o haciendo acciones sobre nuestras personas?

 

3. Participar de retiros, de ejercicios espirituales, cuanto más largos, mejores. Sin ninguna duda, las grandes experiencias del amor de Dios que he hecho, y que me han traído aquí, las he hecho en retiros y Ejercicios Espirituales.

 

4. Contemplar la pasión del Señor y pensar “por mí, lo hizo” “por mí”... San Ignacio propone que en todas las contemplaciones pensemos “por mí”... Jesús que nace por mí, Jesús que se pone a la cola de los pecadores por mí, Jesús que predica por mí… Siempre todo lo hace “por mí”... ¿Cómo no experimentar el amor de Dios?

 

Hagamos unos momentos de silencio donde nos situemos en el lugar del hijo pródigo, recibiendo el abrazo del Padre...






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