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SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

 
Mon, 31 Oct 2016 22:33:00

CAMINEO.INFO.-
 
APOCALIPSIS 7, 2-4.9-14
SALMO 23
1ª JUAN 3, 1-3
MATEO 5, 1-12a
 

A veces ante las dificultades que experimentamos, ante un mundo que se va deshumanizando poco a poco, podemos pensar que Dios se desentiende de nosotros y del mundo, parece que nos mire de lejos. A veces podemos pensar que Dios ya no interviene en nuestro mundo. Todos estos pensamientos quedan refutados cuando contemplamos la vida de los santos. Y hay santos en el siglo XIX y XX. ¡Qué manifestación tan clara de la fuerza de Dios! ¡Qué gran obra la que hace Dios en ellos!. Dios desea intervenir en nuestra historia, pero necesita corazones humildes, dóciles y esperanzados para poderlo hacer. 

Es algo muy lógico que nosotros miembros de la Iglesia nos fijemos en lo que han hecho los miembros más aventajados de la misma. Es muy lógico que nos fijemos en aquellos que mejor han entendido y han seguido a Jesucristo. 

Por eso, en esta solemnidad me gustaría dar unas pinceladas de cómo son los santos: 

• El santo está a gusto con todos (guapos y feos, simpáticos y pesados, familiares y desconocidos, ricos y pobres). La caridad le funciona y esa caridad le lleva a amar sin hacer distinciones. 
• El santo es absolutamente indiferente a lo que puedan decir de él. Sólo le preocupa lo que Dios pueda pensar. 
• El santo vive las cruces desde la fe, sin angustia. 
• El santo vive en la presencia de Dios. Ve a Dios en todo. 
• El santo tiene una gran esperanza de que Dios hará maravillas a través suyo. 
• El santo tiene una fe profunda: fe que la oración da fruto, fe de que les mortificaciones dan fruto, fe de que todo acto de caridad da fruto. No sabrá cuando ni dónde, pero sabe que son acciones que comunican salvación porque están movidas por Dios. 
• Frente a las ancianidades desoladas, sin panorama, sin ilusiones, quejosas y maniáticas, la ancianidad del santo es resplandeciente. 
• El santo no necesita cosas materiales para ser feliz, sabe que eso no le llena nada, es más desea ir desprendiéndose de más cosas 

Entre lo que nosotros entendemos por una persona normal y un santo, ¡Qué diferencia tan enorme!. 

Dios nos llama a ser santos, no es una llamada puntual, como un grito que nos hizo en el pasado, sino que esa llamada es una mirada continua de Jesucristo que está deseando que nos unamos más a él, que le conozcamos mejor, que le amemos más. 

Yo os animo a vivir como si fuerais santos. Os animo a preguntaros: ¿Cómo rezaría si fuera santo? Y hacerlo. ¿Cómo amaría si fuera santo? Y hacerlo. ¿Cómo participaría de la eucaristía si fuera santo? Y hacerlo. ¿Cómo perdonaría si fuera santo? Y hacerlo. Empezar a vivir como si ya fuerais santos, porque Dios ya ahora os quiere dar las gracias para ello. 

Pensemos que la defección de muchos es una razón más para que Dios nos de gracias muy especiales, muy intensas, a los “pocos” que queremos humildemente dejarnos llenar por él. 

Demasiadas veces dejamos la decisión seria de ser santos por un continuo: “ya veremos” “quizá más adelante …”, “ahora no me siento con ganas …”, ”hay que pensarlo más … “. Y los años van pasando y la vejez se va acercando … y una pregunta debe aflorar en vuestra oración: ¿Y cómo ando en santidad?. Sólo hay un fracaso, sólo hay una tristeza: no ser santo, porque esa es la única finalidad de nuestra vida. 

Ser santo no es difícil, ni costoso, simplemente es largo, porque es una tarea que nos lleva toda la vida terrena. Nos imaginamos al santo como un hombre que hace unos esfuerzos tremendos para lograr hacer lo que hace y no es así. Todo lo que el santo hace lo hace movido por la gracia de Dios y por lo tanto no le cuesta. 

Acabo con unas palabras del Beato Alberto Marvelli, nacido a principios del siglo XX y muerto con 28 años: “Mi programa de vida se resume en una palabra: santidad. Una meta me he puesto hoy de alcanzar, a cualquier costa, con la ayuda de Dios. Meta alta, sublime, preciosa, deseada desde tiempo, pero hasta ahora jamás formulada: ser santo, apóstol, caritativo, estudioso, puro, fuerte. 

No tener ni un momento ocioso. ¿Acaso será presunción? ¿Quizás me crea tan fuerte como para conseguirlo? Tú lo sabes, Señor, yo no puedo nada sólo...». 

Finalizo ya diciendo que no hay riqueza como la gracia de Dios, ni fecundidad como la vida cristiana, ni dicha como la de saberse amado por el Padre. 






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