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Domingo IV del Tiempo Ordinario


Sat, 27 Jan 2018 23:58:00

CAMINEO.INFO.-


Después de las lecturas decimos “Palabra de Dios” y es así: Dios nos habla. ¡Es algo impresionante! Dios nos habla... no nos acostumbremos a estas cosas, o todo perderá su sentido...

 

En la primera lectura Dios explica al Pueblo de Israel que les hablará a través de profetas., “Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande”.

 

Ante un Dios que habla... ¿qué hay? Un fiel, un creyente, que escucha. Y que escucha con una determinada actitud, como decía el salmista: “Ojalá escuchéis hoy su voz: “No endurezcáis el corazón como en Meribá”.

 

Se nos pide que escuchemos y que ante la Palabra escuchada no endurezcamos los corazones: “no endurezcáis vuestro corazón”.

 

Ante la Palabra ¿tenemos un corazón endurecido o dócil? Cada domingo Dios nos habla, ¿cómo está  nuestro corazón ante su palabra? Indiferente, distraído, o sediento de escuchar hablar a Dios...

 

Las palabras de Jesús son muy interpeladoras, las homilías del sacerdote intentan serlo también, y nosotros, ¿cómo reaccionamos ante la Palabra?: dejo que la Palabra me eleve, me interpele, o intento rebajar la palabra.

 

¿Cómo rebajo la Palabra? Algunas expresiones que irían en esta dirección: “Dios no pide tanto” “Ser santo es imposible”. “Yo ya estoy bien como estoy”. “Esto que Jesús dice no es para mí”. Estas expresiones, que corresponden a ciertas actitudes, matan la vida espiritual, desactivan toda la fuerza transformadora que tiene la Palabra. ¡No endurezcamos los corazones ante la Palabra!

 

Dios, llegó un momento en el que se “cansó” de hablar a través de los profetas y quiso hablar a través de su Hijo. ¡Qué gran deseo que tiene Dios de revelarse, de comunicarse, de hablarnos!

 

La palabra y la presencia de Jesús difieren enormemente de la palabra y la presencia de los profetas,

    .   Los profetas indican el camino, Jesús es el Camino.  

    .   Los profetas denuncian el mal, Jesús vence el  mal.

    .   Los profetas quieren iluminar a los que les escuchan, Jesús es la luz del mundo.   

    .   Los profetas hablan en nombre de Dios, Jesús es Dios.

 

Vemos claramente como Jesús es muy distinto de un profeta y todavía más distinto que los maestros de la ley y los  fariseos de su tiempo. Y eso, la gente lo captó enseguida: “Se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad… Este enseñar con autoridad es nuevo”.

 

Lo ven diferente, pero lo ven como Maestro. Jesús está en la sinagoga enseñando... Enseñando una doctrina nueva. Enseñar es uno de los verbos más asociados a Jesús.

 

Jesús es Maestro, Jesús enseña. Jesús es nuestro maestro, Jesús nos enseña a nosotros. ¿Lo vemos así? ¿Lo tratamos como a maestro? Contemplamos a Jesús en la sinagoga enseñando, este ministerio de enseñar  lo quiere seguir ejerciendo sobre nosotros. Jesús quiere ser nuestro maestro. Pidámosle que lo sea... tratémoslo como a maestro... no endurezcamos los corazones…

 

Hoy en día se viven unos valores, o contravalores, que nos pueden dificultar mucho, mucho, ver a Jesús como  Maestro. Contravalores como: relativismo (no hay verdades, todo es relativo) el subjetivismo (todo depende de lo que yo veo, de lo que yo siento, de lo que yo sé...) individualismo (con mi vida hago lo que quiero), y tantos otros. Todos estos contravalores endurecen  nuestros corazones... nos hacen impermeables a Jesús...

 

¡¡Jesús maestro!! Pidámosle que lo sea... tratémoslo como maestro... no endurezcamos los corazones...

 

¡Es verdad!, que a veces, queremos acoger su enseñanza y no sabemos cómo hacerlo o nos cuesta mucho y surge en nosotros un grito de impotencia: “¡No puedo!”.  De este grito hay dos salidas: Una, la mala, que hemos explicado con las expresiones anteriores (“Dios no pide tanto” “..”...)  Y, la otra, la buena, es gritar y confiar. Gritar “no puedo”, y confiar en Dios. Confiar que Él bendecirá. Confiar que Él habla. Confiar que Él quiere guiar. Confiar que Él quiere enseñar. ¡Confiar que Él quiere sanar!  La confianza, y nada más que la confianza, nos llevan a Dios.  

 

Escuchemos a Jesús, el Maestro, no endurezcamos  nuestros corazones y confiemos ciegamente en su amor.






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