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Portada:: Habla el Obispo:: Monseñor Demetrio Fernández González:: Je­sús, Hijo de Da­vid, ten com­pa­sión de mí (Ky­rie elei­son)

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Je­sús, Hijo de Da­vid, ten com­pa­sión de mí (Ky­rie elei­son)

Mons. De­me­trio Fer­nán­dez Gonzalez

Mons. De­me­trio Fer­nán­dez Gonzalez, Obispo de Cordoba
La "ora­ción de Je­sús" está muy ex­ten­di­da por Orien­te. Con­sis­te en re­pe­tir una y mil ve­ces la in­vo­ca­ción a Je­sús:
Fri, 26 Oct 2018 20:52:00

Esa ora­ción está fun­da­da en el Evan­ge­lio, pre­ci­sa­men­te en el Evan­ge­lio de este do­min­go, en el que el cie­go de Je­ri­có, al oír tu­mul­to por el ca­mino, pre­gun­ta por Je­sús y se di­ri­ge a él gri­tan­do: “Hijo de Da­vid, ten com­pa­sión de mí”. Es una ora­ción cen­tra­da en Je­sús, es una in­vo­ca­ción a Je­sús, in­vo­ca­do como Hijo de Dios, como Hijo de Da­vid, como Se­ñor (Ky­rie). Y al mis­mo tiem­po es un re­co­no­ci­mien­to hu­mil­de de las pro­pias ne­ce­si­da­des, de nues­tra con­di­ción pe­ca­do­ra: soy un pe­ca­dor. La re­la­ción en­tre ese Je­sús y yo se re­suel­ve en su mi­se­ri­cor­dia: ten mi­se­ri­cor­dia de mí (elei­son).

Es lo que hizo el cie­go de Je­ri­có. Se di­ri­ge a Je­sús con ple­na con­fian­za, con ab­so­lu­ta con­fian­za. Él me pue­de cu­rar, sólo él pue­de cu­rar­me, no pue­do de­jar pa­sar esta opor­tu­ni­dad en mi vida. El pasa por el ca­mino de mi vida y le gri­to: ten com­pa­sión de mí, que soy un pe­ca­dor. Cuan­do Je­sús se acer­ca a aquel cie­go, le pre­gun­ta: Qué pue­do ha­cer por ti. Y el cie­go le res­pon­de: Se­ñor, que pue­da ver. Y Je­sús le de­vuel­ve la vis­ta, di­cién­do­le: Tu fe te ha cu­ra­do. El po­der de la cu­ra­ción es de Dios, la fe es el cli­ma en el que Dios rea­li­za el mi­la­gro.

A ve­ces no sa­be­mos cómo orar. He aquí una lec­ción pre­cio­sa de ora­ción por par­te del cie­go de Je­ri­có. Mu­chas ve­ces acu­di­mos a la ora­ción lle­nos de preo­cu­pa­cio­nes, de rui­dos, al­te­ra­dos por tan­tas ac­ti­vi­da­des. Mu­chas ve­ces acu­di­mos a la ora­ción como quie­nes an­dan so­bra­dos en todo, como el que acu­de a por una ayu­di­ta, que nun­ca vie­ne mal. Sin em­bar­go, a la ora­ción he­mos de ir como el cie­go de Je­ri­có, cons­cien­tes de nues­tras ca­ren­cias y ne­ce­si­da­des. Na­die nos pue­de cu­rar, sólo Dios, sólo Je­sús tie­ne en sus ma­nos po­der para cu­rar nues­tros ma­les, para al­can­zar­nos lo que ne­ce­si­ta­mos. A la ora­ción he­mos de acu­dir como un ver­da­de­ro in­di­gen­te, que bus­ca la sal­va­ción en quien pue­de dár­se­la.

Dios está desean­do dar­nos lo que le pe­di­mos, si es para nues­tro bien. Dios no es ta­ca­ño, sino que es ge­ne­ro­so en dar­nos gra­cia abun­dan­te para lle­var­nos a la san­ti­dad ple­na. Sin em­bar­go, Dios a ve­ces se hace ro­gar. Co­men­ta san Agus­tín que cuan­do Dios tar­da en con­ce­der­nos aque­llo que es bueno para no­so­tros, su tar­dan­za es para nues­tro bien, por­que es una tar­dan­za para en­san­char nues­tro de­seo y nues­tra ca­pa­ci­dad de re­ci­bir aque­llo que nos va a con­ce­der. La tar­dan­za jue­ga a nues­tro fa­vor, pues la gra­cia con­ce­di­da col­ma­rá el de­seo, que va agran­dán­do­se a me­di­da que se di­fie­re.

La ma­yor di­fi­cul­tad para al­can­zar las gra­cias que Dios quie­re con­ce­der­nos está en nues­tra so­ber­bia. Tan­tas ve­ces cree­mos que no ne­ce­si­ta­mos, otras tan­tas cuan­do acu­di­mos a pe­dir­lo pen­sa­mos que se nos ha de con­ce­der al ins­tan­te. Si así fue­ra, nos atri­bui­ría­mos a no­so­tros mis­mos aque­llo que es gra­cia y re­ga­lo del Se­ñor. Por eso, a la ora­ción he­mos de acu­dir con ple­na con­fian­za, sa­bien­do que Dios nos va a dar lo que más nos con­vie­ne, y si tar­da, es por­que quie­re dár­nos­lo más abun­dan­te­men­te. A la ora­ción he­mos de acu­dir como ver­da­de­ros men­di­gos, que se sien­ten ca­ren­tes de todo y pi­den lo que ne­ce­si­tan a quien pue­de dár­se­lo.

El cie­go de Je­ri­có es un ejem­plo elo­cuen­te de ora­ción: Hijo de Da­vid, ten com­pa­sión de mí. “Se­ñor Je­sús, Hijo del Dios vivo, ten com­pa­sión de mí, que soy un pe­ca­dor”, dice el pe­re­grino ruso, re­pi­tién­do­lo mi­les y mi­les de ve­ces como una ja­cu­la­to­ria. En la Misa ha que­da­do re­su­mi­da esta ple­ga­ria: Ky­rie elei­son(Se­ñor, ten pie­dad). Acu­da­mos a quien quie­re dar­nos sus do­nes con la hu­mil­dad de quien se sien­te men­di­go.






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