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Portada:: Habla el Obispo:: Monseñor Carlos Osoro Sierra:: Un seminario para el tercer milenio

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CAMINEO.INFO.-

Un seminario para el tercer milenio

 
Sat, 06 Mar 2010 13:01:00

CAMINEO.INFO -Valencia/ESPAÑA- Este domingo, día 7 de marzo, vamos a celebrar en nuestra Archidiócesis de Valencia el Día del Seminario. Lo hacemos este año con un lema muy sugerente: “el sacerdote, testigo de la misericordia de Dios”. ¡Cuántas cosas llegan a mi corazón con este lema! Pero he de deciros algunas de las que considero más importantes. Y para ello, he de recurrir a exponer lo que es el amor misericordioso de Dios. La misericordia, tal como Cristo nos la presenta, tiene la forma interior del amor, que en el Nuevo Testamento se llama ágape. Tal amor es capaz de inclinarse hacia todo hijo pródigo, hacia toda miseria humana y singularmente hacia toda miseria moral o pecado. Y debo subrayar algo que es excepcional, pues cuando esto ocurre el que recibe este amor misericordioso no se siente humillado, sino que se siente, al tiempo, como un ser nuevo y revalorizado en lo más íntimo de su personalidad.

¡Qué maravilla un Seminario Diocesano para formar hombres que regalen en nombre de Jesucristo este amor misericordioso! ¡Qué profunda historia tiene nuestra Archidiócesis de Valencia, desde hace tantos siglos, albergando y manteniendo Seminarios que desean formar hombres así! Constituye un motivo de alegría nuestro Seminario de Xàtiva, el Seminario de la Inmaculada en Moncada, por el cual pasan unos años todos los futuros sacerdotes, y nuestros Seminarios creados por dos santos: San Juan de Ribera y Santo Tomás de Villanueva, por el que pasan unos años algunos de los seminaristas antes de ser sacerdotes. Os puedo asegurar, y estoy convencido que también vosotros pensáis así, que de este amor que se alberga en el Seminario está necesitado nuestro mundo.

Nuestro mundo necesita recibir la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre: esa inclinación que se ha revelado y se hizo realidad en Jesucristo. En Él el amor vence las fuentes más profundas del mal y da como fruto plenamente maduro el reino de la vida, de la santidad y de la inmortalidad gloriosa. El programa de Cristo, que es un programa de misericordia, sigue siendo una realidad en esta historia continuada a través de los sacerdotes, que “son en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En una palabra, los presbíteros existen y actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su nombre” (PDV 15). Estoy convencido de que si muchos jóvenes pensasen esto, muchos dirían: “Señor, yo como Tú, también quiero y deseo realizar ese programa de misericordia en medio de esta historia, toma mi vida y haz de ella este programa, pues deseo con tu gracia y con tu amor ser Tú en medio de los hombres”.

Hace muy pocos días hablaba de estas cuestiones con un joven universitario y le decía así: cuando se define lo que es el amor misericordioso de Dios, decimos que es un amor que es capaz de extraer de cualquier situación de mal un bien. De esta fuente tan rica, hemos de extraer unas consecuencias para nosotros: la misericordia es una modalidad del amor. Quizá la que más necesitan los hombres. Y por lo que me dices, la que te está pidiendo a ti el Señor que des. El amor misericordioso, es el amor que se encuentra con la miseria del otro a quien quiere entrañablemente. En los sacerdotes la misericordia es una cualidad del amor pastoral, quizá la que tiene que estar más acentuada. De esta forma, podríamos afirmar que la misericordia en el sacerdote es esa capacidad –que solamente Nuestro Señor le puede suministrar– para comprender y transformar en bondad cualquier tipo de mal en el otro, ya sea el sufrimiento, la pobreza, la miseria moral y espiritual, el pecado de los demás, o las injusticias, sean de cualquier modo que fueren. Este amor misericordioso le conducirá a reflejar en su vida el modo de amar de Dios, que en el Evangelio se identifica con la perfección. Terminé diciéndole, ¿estás dispuesto a dejar tu vida entera para regalar este amor? Me llevé una gran alegría: su respuesta fue inmediata. Me acordé de las respuestas de los primeros discípulos de Jesús, cuando ante la pregunta que le hicieron “¿dónde vives?” el Señor les respondió: “Venid y lo veréis”. Y ellos “siguieron al Señor”.

Quiero deciros a todos los cristianos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que si deseáis que haya testigos de la misericordia de Dios en esta tierra para que sea más humana, con el humanismo de Cristo y por ello más divina, que el futuro de las vocaciones depende de vosotros, depende de vuestro testimonio. El testimonio suscita vocaciones. La fecundidad de la propuesta vocacional es verdad que depende en primer lugar de la acción gratuita de Dios, pero la vida nos confirma a todos, que siempre esto viene favorecido por la calidad y la riqueza del testimonio personal y comunitario de todos los cristianos. Pero dejadme deciros a todos los párrocos y sacerdotes algo muy particular en este año sacerdotal, y es que la respuesta de muchos jóvenes está estrechamente unida a vuestra vida y a vuestra misión. Por eso, os invito a todos a una renovación fiel de vuestro ministerio. La iniciativa libre y gratuita de Dios encuentra e interpela la responsabilidad humana de cuantos acogen su invitación para convertirse, desde su propio testimonio, en instrumentos de la llamada divina.

Esto aconteció siempre y acontece hoy en la Iglesia: Dios se sirve del testimonio de los sacerdotes, fieles a su misión, para suscitar nuevas vocaciones sacerdotales al servicio de todos los hombres. Para que vuestro testimonio de sacerdotes sea eficaz, me permitiréis que os indique tres aspectos de vuestra vida a cultivar que son esenciales:
1) La amistad con Cristo: Jesús vivía en constante unión con el Padre, y era precisamente esto lo que suscitaba en los discípulos el deseo de vivir la misma experiencia, aprendiendo de Él la comunión y el diálogo incesante con Dios. El sacerdote tiene que mostrar que es el hombre de Dios.
2) El don total de sí mismo a Dios: “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que Él ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3, 16). Hay que entrar en la misma lógica que Jesús.
3) Vivir la comunión. Así nos lo dijo Jesús, que un signo distintivo de quien quiere ser su discípulo, la profunda comunión en el amor: “Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos” (Jn 13, 35). De manera especial el sacerdote debe ser hombre de comunión abierto a todos, capaz de caminar unido con todos, pues la bondad del Señor le ha confiado superar divisiones, reparar fracturas, suavizar contrastes e incomprensiones y perdonar ofensas.

Me dirijo a vosotros, los seminaristas, y a quienes en el próximo curso vais a entrar al Seminario, tal vez seas tú que estás leyendo el periódico: ¡qué bella es vuestra vida! Pero tenéis que acostumbraros a mirarla desde el Señor. Sí, ¡qué belleza adquiere vuestra existencia!, pues en un mundo secularizado, el sacerdote es, por su consagración y su función, testigo del Misterio: la identidad del sacerdote es del orden de la fe. Configurado a Jesucristo por la ordenación, el sacerdote no se comprende sino en dependencia de Jesucristo. De ahí vuestra entrega al Señor, vuestra escucha de su Palabra, vuestro diálogo permanente con Él, vuestra identificación con sus sentimientos, con sus proyectos, con su amor. ¡Qué belleza adquiere vuestra existencia!, pues en un mundo dividido, ser pastor al servicio de la Iglesia en la unidad del presbiterio diocesano en torno al Obispo, os vais a convertir como sacerdotes en servidores de la comunión en la fe de la Iglesia y en la caridad de Cristo. Y esto es precisamente lo que estáis aprendiendo, viviendo en una comunidad como lo es la del Seminario. ¡Qué belleza adquiere vuestra existencia!, pues en un mundo donde tantos hombres ignoran a Cristo, el sacerdote está al servicio de la misión de la Iglesia para la evangelización del mundo, dando rostro a Jesucristo.

La grandes orientaciones de vuestra formación tienen que alcanzar estas dimensiones del sacerdocio ministerial: 1) El sentido del Misterio: sed hombres de fe y de oración, centrad la vida en la Eucaristía, frecuentad el sacramento de la Penitencia, tened un guía personal, un consejero que desarrolle en vosotros una educación personalizada, tened experiencia de la misericordia, de ese amor solícito que tuvo Cristo y que es incansable, lo es para vivirlo en toda ocasión y en todo tiempo; 2) El servicio de la comunión: que se aprende a través de la experiencia de vida común. La vida de comunidad es uno de los elementos esenciales de vuestra formación, en ella nos preparamos a comprender a los otros, a compartir, a superar las actitudes individualistas o la búsqueda del grupo seleccionado por mí mismo; 3) La misión: que es una dimensión esencial de la formación y que implica la adquisición del sentido eclesial y del amor a la Iglesia, implica conocer el mundo actual, el estudio y la reflexión que desarrollará el rigor lógico, la finura de espíritu, el abordar todo con profundidad, el conocer y contemplar las verdades sobre Dios, el hombre y el mundo.

El mundo, esta historia y los hombres necesitan “testigos de la misericordia de Dios”. Y yo os invito a todos los cristianos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a que me ayudéis a sostener el Seminario y desde él hacer posible que salgan en Valencia y para el servicio de toda la humanidad, testigos cualificados de su misericordia y de su amor en este tercer milenio.

Con gran afecto, os bendice



+ Carlos, Arzobispo de Valencia






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