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La gran conspiración del amor

 
Tue, 20 Dec 2016 22:25:00

“Donde nace Dios, nace la esperanza. Donde nace Dios, nace la paz.

Y donde nace la paz, no hay lugar para el odio ni para la guerra”

Papa Francisco

 

 

He  de confesar que siento una profunda emoción cada vez que escucho a “Los del río”, cantar uno de los villancicos que mejor expresa el auténtico espíritu de la Navidad. Y no voy a negar que un sentimiento muy hondo emerge de lo más profundo de mi ser cuando, tras de esa entrada de las guitarras que preludian la alegría por el nacimiento de ese niño que vino a dar su vida por nosotros, Antonio Romero inicia en solitario ese…

“Vamo” al campo por “lentico”,

“Vamo” al campo por romero,

Que llega la Navidad

Y el Belén hay que ponerlo.

“Vamo” al campo por “lentico”,

¡Navidad! ¡Que concepto tan grande! Es mucho más que una simple palabra, más que un día de fiesta, más que un día de pan y olla y mucho más que esos paquetes envueltos en brillantes papeles de colores, con un falso lazo prefabricado.

La Navidad es el día de la exaltación del auténtico sentir de la familia, esa institución en la que encontramos el calor que todo ser humano necesita, que nos recuerda cuales son nuestras raíces, sin las cuales nos sentiríamos huérfanos y desamparados, ese cuerpo del cual todos nos sentimos miembros, ese sentido de pertenencia, incluso en tiempos de alejamiento. Es el momento del reencuentro, ese en el que nos entregamos sin reservas con un abrazo en el que nos fundimos en cuerpo y alma y en el que olvidando el pasado, nuestros corazones gozosos hacen auténtico propósito de mirar unidos al futuro. Es el momento en el que la familia se siente unida cantando, y por eso, Antonio y Rafael —Los del Río— entonan a dúo y con entusiasmo ese…

Dile a la abuela que venga,

Que venga corriendo el abuelo

A cantarle villancico

Y a tocar con el pandero.

Que entrañable sentimiento este que no concibe comenzar la fiesta sin los abuelos, esos personajes con plata sobre su cabeza y oro en el corazón, que solo con su presencia nos están diciendo de donde venimos, cuales son nuestros orígenes.

Para entender el papel que los abuelos juegan en la vida de un niño, solo hay que mirar sus manos derramando amor y poniendo bálsamo y consuelo en sus pequeñas heridas. Cuando un niño está triste, no encontrará mejor refugio que el regazo de sus abuelos. Los abuelos son los mejores educadores del mundo, porque con una bondad incomparable y palabras llenas de sabiduría, dan el mejor testimonio de juicio y de prudencia con historias maravillosas extraídas de las cicatrices, que en forma de arrugas, la vida a dejado marcadas en sus manos y en su rostro. Pero lo que hace que los abuelos conquisten el corazón de sus nietos, y que estos les consideren seres entrañablemente únicos, es que a pesar de su incomparable magisterio, les dejen a sus nietos que sean ellos mismos. ¡Que sean niños!

 

Vamos a llevar candela,

Que está la noche muy fría,

Y está a punto de nacer

El chiquillo de María.

En estas fechas conmemoramos el nacimiento de Aquel que nació, también sin techo, en el lugar más desheredado que se pueda imaginar. ¡Un pesebre! Y nació para morir en la cruz, por dejarnos un mensaje de amor en un mundo en el que reina la frialdad y el egoísmo entre los hombres. Por eso es preciso que este, y todos los días, llevemos la candela en nuestro corazón, porque muy fría está la noche de nuestras vidas.

La Navidad no es la apariencia de los adornos, ni de la nieve. Ni lo son las luces de las ciudades que se han empeñado en que ya no representen el espíritu de la conmemoración, o la orgía de compras, la mayor parte de las veces, inútiles e innecesarias. La Navidad no es el árbol, ni la chimenea. Es el calor que vuelve a nuestros corazones, la necesidad de compartirlo con nuestros semejantes y el firme deseo de marchar unidos adelante. Hasta que este sentimiento no arraigue profundamente dentro de nosotros, la Navidad, no existe.

Vamos a cantarle al mundo,

Al que más lo necesita,

Vamos a llevarle alimento,

Vamos a llevarle ropita.

Cantar implica alzar la voz para que el mundo nos escuche. Es de justicia denunciar la situación de aquellos que más lo necesitan. De los descalabrados y menospreciados por la fortuna. De los que no tienen ni tendrán oportunidad de acceder a la instrucción; de los que perdieron el techo bajo el que cobijarse o el puesto de trabajo con el que sustentar a su familia, o quizá ambas cosas a la vez; de los ignorados que encontramos en nuestro camino, desprovistos del calor de la familia; de los sometidos o esclavizados por nosotros mismos a través de unas leyes sectarias y por tanto injustas.

Pero, ¿Para qué lo hacemos? ¿Para qué alzamos la voz? ¿Aportamos soluciones? O simplemente lo utilizamos como plataforma oportunista, revanchista o ideológica para desacreditar y desgastar al oponente? Si no somos parte de la solución, nos convertimos en parte del problema.

¿Qué sentido tiene celebrar la Navidad si la desproveemos de su auténtico espíritu? Aquellos que intentan desnaturalizar la gran fiesta de la cristiandad que se viene celebrando en la mayor parte del mundo desde hace dos mil años, pretenden que lo que hemos de celebrar es el comienzo del solsticio de invierno. Intentan sustituir una conmemoración cuya raíz es la exaltación de la paz, la libertad y el amor, por unos hábitos paganos que se remontan nada menos que al Neolítico y la Edad de Bronce, y que si ancestralmente fueron importantes, fue porque las comunidades iban a ser privadas de muchas cosas durante el invierno y tenían que estar preparadas. El hambre era común en aquel periodo, hasta el extremo de que la mayoría de los animales eran sacrificados para no tener que alimentarlos durante el invierno.

Se intenta sustituir un tiempo de armonía, luz y esperanza, por el significado sombrío de una época que se pierde en la noche de los tiempos. Dos concepciones que se rechazan mutuamente y se enfrentan en una lucha irresoluble: la consideración del hombre como ser superior que trasciende a la materia, frente a una romántica fantasía materialista de izquierda, inspirada en el marxismo que aspira a una utopía que se ha demostrado irrealizable.

No debemos extrañarnos, pues la operación que se intenta llevar a cabo, es plenamente coherente con la ideología de quienes la proponen. Como decía el escritor colombiano Jorge González Moore: “El socialismo se inicia con una retórica populista y un inútil viento de esperanza, para luego posarse definitivamente, sobre una cartilla de racionamiento.”






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