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La batalla del lenguaje

Sun, 21 Mar 2010 14:52:00
 
Bruno Moreno / INFOCATÓLICA

CAMINEO.INFO.- Todos sabemos que las palabras no son lo más importante. Desde pequeños nos enseñan que obras son amores y no buenas razones. No es esa, sin embargo, toda la historia. El Génesis relata que la creación comenzó con unas palabras: “Y Dijo Dios, que sea la luz. Y la luz fue.” Las palabras tienen una fuerza creadora que resulta temerario olvidar. Las cosas que decimos modifican nuestro ser. Más aún, la forma en que decimos las cosas va cambiando nuestra forma de ser y de pensar. A fin de cuentas, pensamos con palabras, así que es muy probable que, si cambiamos esas palabras, cambiemos también, en mayor o menor medida, lo que pensamos.

Voy a dar un ejemplo que me parece muy claro. Me he dado cuenta de que los jóvenes cristianos en España tienden a hablar igual que los que no son cristianos en lo referente al noviazgo. De hecho, les da vergüenza usar palabras como “novios” o “noviazgo”. Generalmente, sustituyen esas palabras malditas, que no se atreven a pronunciar, por “salir juntos”, “estar saliendo” o por “tener una relación” o una “relación de pareja”. Peor aún, a menudo se limitan a hablar de “lo nuestro”. Del mismo modo, no dicen “mi novio", sino “mi pareja” o incluso “esta persona”.


¿Es eso una causa o una consecuencia de que los noviazgos de esos jóvenes, en su mayoría, sean cualquier cosa menos noviazgos cristianos? Probablemente, sea a la vez causa y consecuencia, como suele suceder. Se trata de un círculo vicioso de realimentación negativa, cuyos efectos están a la vista a nuestro alrededor. El lenguaje influye en la forma de actuar y, a la vez, esa forma de actuar hace que un cierto tipo de lenguaje sea admisible, moderno o políticamente correcto y otro tipo de lenguaje no lo sea.

Es evidente que esas palabras usadas tienen una característica común: la indeterminación. Un noviazgo es algo concreto, comprensible y objetivo. En cambio, una “relación” es algo indeterminado, difuso y totalmente subjetivo. Vale igual para un noviazgo que para un adulterio, una pareja de hecho o una relación comercial entre dos empresas. Lo mismo puede decirse de “lo nuestro”, pero de forma aún más exagerada. Ni siquiera se intenta, en ese caso, una mínima definición, sino que prácticamente es una expresión que se limita a señalar con el dedo algo que resulta totalmente incomprensible para los propios protagonistas. “Lo nuestro” puede empezar y terminar sin que entendamos por qué ni podamos hacer nada para cambiarlo.

Se usan palabras que, en sí, no significan prácticamente nada y, por ello, parece que dan una mayor libertad, sin poner trabas a las personas que las usan, sin valores prefijados, sin prejuicios que puedan limitar la libertad. Sin embargo, como sabemos, esas aparentes libertades totales, en realidad, se convierten rápidamente en una esclavitud. La naturaleza humana aborrece el vacío y, cuando se abandonan los principios morales, su lugar lo ocupan enseguida los instintos, la búsqueda egoísta del placer, los miedos, la lucha y la victoria del más fuerte. Es decir, justamente las cosas que tiranizan al ser humano.

Por eso estas “relaciones” son al principio tan fuertes y luego tan frágiles, porque están basadas, casi exclusivamente, en el instinto sexual, en los sentimientos y en el miedo a la soledad. Es decir, en cosas que, por su propia naturaleza, son muy intensas en algunos momentos pero luego pasan sin dejar apenas rastro. Son como la sed, que es una de las cosas más intensas que existen para el ser humano cuando la sufrimos, pero que luego desaparece enseguida en cuanto la satisfacemos y pasa a ser un vago recuerdo. Del mismo modo que sería absurdo intentar basar una sociedad, una escuela filosófica o incluso una comunidad de vecinos en la sed y en su satisfacción, resulta imposible basar un compromiso duradero entre dos personas únicamente en cosas tan efímeras como los sentimientos o el instinto sexual. A veces se añade a todo esto la amistad, que ciertamente es algo más profundo y duradero, pero el resultado es, a menudo, una ruptura amistosa, porque para ser amigos no hace falta ser marido y mujer.

Y hay otra característica esencial de la palabra “noviazgo” que no podemos olvidar. Por su propia naturaleza, un noviazgo no es algo absoluto, sino que mira hacia un fin, que es el matrimonio. No se trata de un fin en el sentido de final, sino, ante todo, de plenitud: El noviazgo no tiene sentido sin el matrimonio hacia el que se encamina. De hecho, de ahí viene el miedo que produce esta palabra. El compromiso produce tanto temor que no sólo se rehúye el propio compromiso, sino que ni siquiera se nombran las cosas que, indirectamente, puedan recordar su existencia.

De alguna forma, hablar de “novios” es hablar de personas que, si Dios quiere, se casarán algún día. En cambio, una pareja o dos personas que salen juntos pueden continuar así toda la vida o hasta que se cansen. Una relación, en principio, no apunta a nada fuera de sí misma. Incluso si termina en matrimonio, eso será algo accidental. Todos hemos conocido a personas que se casan por hacer algo, por la fiesta o incluso por los quince días de vacaciones, pero sin que el matrimonio suponga un cambio significativo en su “relación”.

Tanto en el lenguaje como en la realidad, se ha abandonado la escuela de respeto y entrega mutua que es el noviazgo cristiano y los resultados son estremecedores. En los últimos años ha habido en España casi tres divorcios por cada cuatro matrimonios. Lo más curioso es que esta situación se presenta a veces como un triunfo del amor libre y sincero, cuando en realidad lo que muestra es una incapacidad casi total para amar y entregarse de verdad a otra persona. Y es algo muy triste, porque el ser humano está hecho para amar y entregarse a otra persona.

En esta época buenista e ingenua en muchas cosas, se nos ha olvidado algo que, para los cristianos de casi cualquier otra época, era evidente: la vida cristiana es una batalla, un combate. Y ese combate alcanza también a nuestra forma de hablar. El lenguaje no es inocente, sino que puede llevar dentro cargas de profundidad contra nuestra fe y nuestra moral. Parafraseando un dicho popular, si no hablamos de acuerdo con lo que pensamos, terminaremos por pensar como hablamos. Si queremos ser cristianos, hablemos como tales







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21-03-2010, LA BATALLA DEL LENGUAJE

Creo, con todo el respeto, que no tiene tanta imporatcia como denominen a la realción los jovenes crsitianos lo importante es como vivan la relación. No todos los que emplean la palabra novio, novia, noviazgo están pensando en el matrimonio cuantos dicen vivo con mi novio o novia , verdaderamente lo que importa es como vvien y se comportan en el periodo antes del matrimonio para poder decir si son jovenes cristianos o no , la pañabra tiene importancia pero para Dios lo importante es la conducta que mantengan hasta el matrimonio , ya sea que digan pareja por que lo son que digan novios por que también lo son la conducta es lo importante lo demás en banalidades y sólo queda en el exterior no el interior que es lo que verdaderamente importa para los cristianos y al fin para Dios Nuestro Señor

Mª LUISA MESTRES GARCÍA

marisamestres.garcía@hotmail.com


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