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Portada:: Razón y Fe:: Iglesia y nueva evangelización:: Signos vivos del amor que anunciamos

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Signos vivos del amor que anunciamos

Thu, 24 Oct 2019 19:46:00

En un encuentro con el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización (21-IX-2019) el papa Francisco ha profundizado en lo que Juan Pablo II denominaba el ardor, los métodos y la expresión del anuncio del Evangelio (cf. Discurso en Haití, 9-III-1983). Y al hacerlo, ha puesto de relieve lo que podría llamarse la “insuperabilidad” del amor. Nuestra misión como cristianos es anunciar ese amor como algo que vivimos.

1. La cuestión de entrada es “cómo encender el deseo de encontrar a Dios a pesar de los signos que oscurecen su presencia”. Cuenta el papa que en una ocasión, ante un periodista que le manifestaba no ser creyente, el santo papa Juan XXIII le respondió: «¡Tranquilo! ¡Eso lo dices tú! Dios no lo sabe, y te considera igualmente como un hijo al que amar». El secreto –señala Francisco– está en ayudar a sentir, junto con las propias incertidumbres, la maravilla de la presencia de Dios entre nosotros, lo que provocó el estupor de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 32).


Actitudes ante la Iglesia

2. En un segundo momento, el papa traza lo que podría considerarse un catálogo de las actitudes de nuestros contemporáneos ante la Iglesia. Para algunos es algo así como un recuerdo frío, para otros una amarga decepción. Algunos consideran que la Iglesia no les entiende y está lejos de sus necesidades. Otros la juzgan como demasiado débil para el mundo. O por el contrario, demasiado poderosa ante las grandes pobrezas del mundo.

El papa señala que “es justo preocuparse, pero sobre todo ocuparse, cuando se percibe una Iglesia mundanizada, es decir que sigue los criterios de éxito del mundo y se olvida de que no existe para anunciarse a sí misma, sino a Jesús”.

Y observa Francisco: “Una Iglesia preocupada por defender su buen nombre, que le cuesta renunciar a lo que no es esencial, ya no siente el ardor de llevar el Evangelio hasta hoy. Y acaba siendo más una bonita sala de museo que la casa sencilla y festiva del Padre”.


El sabor de la vida

3. Redescubrir la necesidad del amor. Esta tentación de reducir la tradición viva de la Iglesia a un museo, contrasta con el vacío de muchos que se dejan llevar por cierto bienestar exterior que la tecnología proporciona –vacío que, sin hacer ruido, grita la urgencia de llenar de belleza, verdad y bien sus vidas–. Quizá llevan heridas profundas y no logran un trabajo estable. Pero esto les hace vivir en una especie de torbellino, les anestesia e impide las elecciones valientes, les hace esclavos de lo que podría servirles. Y así olvidan lo que Francisco llama el sabor de la vida: “la belleza de una familia numerosa y generosa, que llena el día y la noche pero dilata el corazón; la luminosidad que se encuentra en los ojos de los hijos, que ningún smartphone puede dar; la alegría de las cosas sencillas; la serenidad que da la oración”.

En todo caso, y aunque no lleguen a plantearlo, las personas nos piden responder a sus deseos más profundos: “amar y ser amados, ser aceptados por lo que se es, encontrar la paz del corazón y una alegría más duradera que las diversiones”.


Experiencia e historia del amor

4. Acompañar en la experiencia e historia de amor. Nosotros hemos experimentado esta alegría en la persona de Jesús. Y aunque seamos frágiles y pecadores, tenemos esta misión: “encontrar a nuestros contemporáneos para hacerles conocer su amor”. ¿Cómo lo haremos?, parece que se pregunta Francisco. Y señala: “No tanto enseñando, nunca juzgando, sino haciéndonos compañeros de camino” (cf. Hch 8, 26-40).

Por eso, añade el papa, es importante que nos sintamos interpelados por las preguntas de los hombres y de las mujeres de hoy. Y esto, “sin pretender tener respuestas en seguida ni dar respuestas precocinadas, sino compartiendo palabras de vida” y dejando espacio al Espíritu Santo, capaz de liberar el corazón de las esclavitudes que lo oprimen y de renovarlo.

“Anunciar al Señor –asegura Francisco– es manifestar la alegría de conocerlo, es ayudar a vivir la belleza de encontrarlo”. A Dios se le encuentra –sigue diciendo– no tanto como respuesta a una curiosidad intelectual o un esfuerzo de la voluntad, sino sobre todo por medio de una experiencia de amor, respondiendo a una llamada a una historia de amor. Y después de encontrarlo, hay que seguir buscándolo, porque su misterio no se agota nunca, siendo inmenso como es su amor.

Dios es amor (1 Jn 4, 8), un amor que dura siempre y no se agota (cf. Sal 136, 1; Ex 3, 14). Es un fuego que no se consume, y es bello anunciar a este Dios fiel, a los hermanos que viven en la tibieza porque su primer entusiasmo se ha enfriado. Es bello decirles: “Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día” (Exhort. Evangelii gaudium, 164).


"Insuperabilidad" del amor

5. Anunciar el amor y la “insuperabilidad” del amor. He ahí, subraya el Papa, lo que llamamos el kerigma, es decir, el “núcleo fundamental” de la fe, el latido palpitante del “corazón del Evangelio: la belleza del amor salvador de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado” (Ibid., 36). E insiste Francisco en que este “primer anuncio” es siempre el principal, el que debe resonar continuamente en la educación de la fe y en todas las etapas y momentos de la catequesis, que no debe reducirse a una transmisión de conocimientos (cf. Exhort. Christus vivit, 214).

6. Facilitar el encuentro del amor. Finalmente, siendo la fe una vida que nace y renace del encuentro con Jesús, lo que ayuda al crecimiento de la fe es todo lo que en la vida es encuentro: acercarse al necesitado, construir puentes, consolar a quien lo requiere, etc. “Así seremos signos vivos del amor que anunciamos”.



                                                                      *    *    *

En definitiva, Francisco recuerda aquí la gran luz para guiar la nueva evangelización: el amor, núcleo insuperable de la vida y también de la vida cristiana y de la misión de los cristianos. No un amor del que se tiene más o menos noticia, sino un amor pleno y verdadero, que se experimenta y se vive. Tal es el amor de Cristo, Dios que salva. La evangelización es anunciar ese amor participando de él y abriendo a otros esa misma sabiduría, que solo se encuentra en Cristo y se traduce en vivir con Él y como Él al servicio de los demás.





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