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Portada:: Realidades eclesiales:: Camino Neocatecumenal:: Para vivir con vigor la fe es necesario tener una comunidad de referencia

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El sacerdote Juan José Calles, en uno de los bancos de la iglesia de Cristo Rey, en el barrio Vidal. / MANUEL LAYA


Para vivir con vigor la fe es necesario tener una comunidad de referencia


EVA CAÑAS / WORD / el norte de castilla
Tue, 26 Dec 2017 12:55:00

El actual párroco de Cristo Rey tiene ese brillo en los ojos del que disfruta y siente lo que hace. Una mirada vocacional. Juan José Calles Garzón, ‘Juanjo’, (1960) procede de Vitigudino, de una familia numerosa, era el quinto de nuevo hermanos (ahora viven ocho). 

De su infancia, este sacerdote recuerda a su padre como un trabajador humilde en la industria del carbón y leñas, que murió con 54 años y dejó viuda a su madre, a la que define como«mujer coraje», porque en esa situación, Calles tiene claro que Dios protege a las viudas y las bendice para que salgan adelante. 

La primera llamada a la vocación religiosa fue temprana, cuando tenía 10 años. Su padre tenía un hermano religioso Trinitario que en una ocasión visitó el pueblo en búsqueda de vocaciones, y le preguntó: «¿Quién se quiere ir al seminario?», y Juanjo levantó la mano. 

«Mi padre, al conocer mi decisión, me miró a los ojos y me preguntó si de verdad quería ir, y yo le dije que sí», recuerda. Y su progenitor aceptó que su hijo se fuese con 10 años a estudiar al seminario menor de los Trinitarios en Alcázar de San Juan, en Ciudad Real. «Allí recibí formación de EGB y BUP, y durante las vacaciones volvía a Vitigudino», confirma. 

«Me ha marcado en la vida estar cerca de los enfermos, de la fragilidad humana»

Después de esa etapa formativa inicial vivió su segunda llamada a la vocación religiosa. En concreto, cuando tenía 17 años, tras terminar el Bachiller, cuando tenía que decidir si seguía con el noviciado o no. «Y junto a otros compañeros dimos ese paso y prepararnos para ser religiosos trinitarios». Su formación previa fue clave, al igual que la vivencia con sus compañeros, «pero también recibí la llamada personal de Dios hacia mí y no a otro, para ver la belleza de la vida religiosa», precisa Juanjo Calles. 

Y en el sur de España, lejos de su Vitigudino natal, realizó el noviciado, en un colegio de Carmelitas, junto a jóvenes religiosos. Al terminar COU le dieron la posibilidad de estudiar Teología en Roma, Granada o en Buenos Aires, y en ese momento se decantó por descubrir una llamada misionera y embarcarse hacia Argentina. Tenía 18-19 años, y en aquel lugar descubrió lo que define como una Teología popular. Anteriormente ya había tenía contacto con el camino neocatecumenal, «que será definitivo en el desarrollo del discernimiento de mi vocación». Para Juan José Calles, el hecho de que existiesen comunidades religiosas formadas por laicos, cristianos de a pie que vivan la fe en común y en comunión, «fue una revolución». 

«Yo reivindico la teología práctica, hecha desde la base, en la parroquia»

Y cuando llegó a Buenos Aires, en febrero de 1981, vivió un discernimiento profundo, «donde Dios me llama a ser cura secular, y lo comunicó a la orden trinitaria, sobre su decisión de ser presbítero. «Me fui como un misionero pero Dios me llamaba a ser presbítero, y volví a Vitugudino». 

Y ya en Salamanca comienza su formación en el seminario mayor, que en aquel momento estaba en Villamayor, con el objetivo de formar parte de la Diócesis. Calles estudió Teología en la Universidad Pontificia y tuvo entre sus profesores a Monseñor Ricardo Blázquez, actual arzobispo de Valladolid. 

Su primera experiencia pastoral fue en Guijuelo, en el año 1988, donde se ordenó como diácono el 16 de abril de ese año. Y el 25 de septiembre fue ordenado sacerdote en Vitigudino por Antonio Ceballos, obispo de Ciudad Rodrigo. El hecho de que un hijo de la localidad se ordesanase como sacerdote supuso un gran acontecimiento ese día. 

Ya como sacerdote, su primer destino fue en Guijuelo, como párroco de El Guijo de Ávila y Campillo. Al mismo tiempo, durante un periodo corto de tiempo (tres años) dio clase de Religión en el instituto de Guijuelo. 

En este primer destino como sacerdote le marcaron muchas cosas, como él mismo reconoce, pero de forma especial, los enfermos, «la experiencia con la fragilidad humana, el constatar que los enfermos tantas veces al que acogen y escuchan es al sacerdote», algo que ha vivido en el medio rural. A Juan José Calles le llegaba el hecho de visitar a los enfermos semanalmente, «llevar el alivio de la Palabra de los Sacramentos, de la compañía, es una gracia impagable, escuchar sus relatos, marcados por la Cruz del sufrimiento de su enfermedad, siempre te dejan un poso en el alma de paz, de tranquilidad, de serenidad muy grande». 

Otro hecho importante que vivió en Guijuelo fue la creación de un monasterio, el de las Hermanitas de Belén y de la Asunción de la Virgen, desde 1993 a 1999, del que era el capellán, y de las que destaca su fuerza espiritual «enorme». En ese destino permaneció desde el año 1988 hasta 1999. Durante esa etapa también hizo la tesis doctoral, que compaginaba con la vida pastoral. «Yo soy un cura bastante irregular, todos los que se doctoran se van a Roma y yo reivindico la Teología práctica, hecha desde la base, desde la parroquia, desde la comunidad, desde la experiencia vital...», argumenta. Para Calles, la parroquia es un espacio teológico, de reflexión... El título de su tesis era: ‘El camino neocatecumenal, un catecumenado parroquial’. 

Después, comienza a dar clases en todo el mundo como profesor de una universidad itinerante, en Berlín, Copenhague, Brasilia o en Guam (Pacífico). «Al año hacía 50.000 kilómetros sirviendo a la pastoral parroquial y las comunidades neocatecumenales de Salamanca», sentencia. Y en 1998, con 38 años, «me esperaba otra sorpresa», cuando el obispo Don Braulio le nombró vicario de pastoral, «y tengo que asumir responsabilidades muy serias e importantes». Y para Calles supuso un cambio grande e importante, al servicio de la Iglesia de Salamanca. 

En el año 1999 se tiene que ocupar junto a otro sacerdote de 14 pequeñas parroquias del mundo rural, repartidas en tan solo 40 kilómetros, una etapa que para Juan José fue «preciosa». Se trataba de una pastoral itinerante,«muy misionera», porque cree que para estar en el mundo rural, «se necesita una mística evangélica especial, para ver en el rostro de los ancianos y de los enfermos a Jesús, solo y abandonado». Porque como insiste Calles, hoy en día en el mundo rural, «solo quedamos los curas». 

En el año 2005 llega a la parroquia de Cristo Rey, en el barrio Vidal, como administrador tras caer enfermo su sacerdote, y un año después, tomó posesión como párroco tras fallecer el anterior. Desde entonces ha ejercido también como delegado de la Familia y Vida, «ahora estoy en funciones a la espera de que se renueve». Y de forma paralela a su trayectoria pastoral ha sido el poder acompañar al crecimiento y la madurez de tantos jóvenes en las comunidades, «yo fui testigo del nacimiento de las jornadas mundiales de la juventud, que impulsóSan Juan Pablo II en 1984, y Dios me ha concedido la gracia de estar prácticamente en todas las jornadas, he recorrido con tres Papas todo el mundo, menos en Buenos Aires y en Manila, hemos estado en todas». 

Juan José Calles está convencido de que hoy en día, en la Iglesia, para vivir con cierto vigor la fe, «es necesario un marco comunitario, tener una comunidad de referencia, si no, la secularización ambiental, nos come». Para este sacerdote, uno de los síntomas de la languidez y de la anemia espiritual de nuestros católicos, «es la falta de referentes comunitarios donde vivir, celebrar, compartir y anunciar la fe». 

Al respecto, considera que en los pueblos permanece un sustrato de comunidad humana, «pero se termina el catolicismo rural, están desapareciendo». Juan José Calles confirma que las iglesias están languideciendo cada vez más, «estamos en un cambio de época, saliendo de la cristiandad, está muriendo el cristianismo sociológico, entramos en uno de convicciones». Este sacerdote apunta a que quien quiera ser cristiano en el tercer milenio,«tendrá que jugarse el tipo, a todos los niveles, porque hasta ahora el peso ha gravitado en los presbíteros, pero cada vez somos menos, somos un ministerio a cuidar y cultivar porque somos una especie en extinción». 

En el primero de los cuatro libros que ha escrito, sobre su tesis doctoral, sostiene que para la evangelización, «se necesita un catecumenado». Asimismo, piensa que hay que dar un giro y no estar tan centrado en los niños en cuanto a la iniciación cristiana, «dar un giro hacia la atención a los adultos, que con uno que se convierta, renueva una Iglesia». En la actualidad, en la parroquia tienen cinco comunidades neocatecumenales, que mueven unas 150 personas. «Los fieles laicos trabajan más que yo», resalta, al enumerar toda la labor pastoral que realizan estas comunidades.


http://www.elnortedecastilla.es/salamanca/vivir-vigor-necesario-20171203120634-nt.html






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