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Ella y su marido, sin fe, hacían abortos entre bromas crueles… pero Dios y la ciencia les cambiaron

 
Wed, 26 Nov 2014 16:10:00

En enero de 2010 la noticia sorprendió a toda Letonia. Los siete ginecólogos del Hospital de Valmiera se niegan a hacer abortos. Detrás de esta decisión, insólita en un país de cultura abortista postsoviética, donde cada mujer arrastra entre 1 y 3 abortos de media y donde las iglesias son débiles y pobres, está el matrimonio de Silvija y Gints Lapins.

De hecho, el doctor Gints publicó ese mismo mes su libro "Bioética para todos" explicando con razones científicas que el aborto es matar un ser humano y eso es inaceptable.

En ese momento, Silvija y Gints acababan de redescubrir el cristianismo, cada uno por su propia vía. Sus cinco colegas que también decidieron dejar el aborto con ellos no eran creyentes: simplemente habían descubierto la ética y la ciencia.

Donde la fe y la vida fueron perseguidas
Letonia, con 2 millones de habitantes, recuperó la libertad religiosa en 1990, al recuperar la independencia, que perdió al ser anexionada en 1940 por la Unión Soviética. Durante 50 años las iglesias fueron sistemáticamente perseguidas y el clero exterminado o deportado, el católico con especial tesón.

Hoy las estadísticas dicen que uno de cada tres letones se declara ortodoxo, uno de cada cuatro se considera luterano y uno de cada cinco es católico, aunque la inmensa mayoría no es practicante. El 20% restante se declara "sin religión".

El doctor Gints no creció en una familia cristiana y no le interesó nada de la fe hasta el momento en que la crisis llamó a la puerta de su vida y matrimonio. Silvija sí vivió una infancia con rasgos católicos aunque si experiencia personal de fe, y cree que las oraciones de su abuela probablemente fueron las que salvaron su alma y reencauzaron su vida décadas después.

"No sabíamos nada de Dios, aunque a mí me habían bautizado de pequeña en la Iglesia Católica", explica la doctora Silvija al periodista español José Miguel Cejas en el muy recomendable libro de testimonios El baile tras la tormenta.

"Tanto en la escuela como en la Universidad habíamos recibido una formación radicalmente atea, de signo marxista leninista, que habíamos asumido acríticamente, como la mayoría de los jóvenes de nuestra generación".

De la fe cristiana Silvija solo recordaba que su abuela se sentaba a rezar el Rosario y que si la niña le pedía ir a jugar, ella respondía: "espera unos minutitos, Silvija, que estoy rezando a la Virgen por ti". También recordaba que ella le dijo: "No te olvides, Silvija, Dios te está mirando, Dios te ve siempre. Actúa de forma que le agrades".

Un aborto al día durante décadas
Todo eso quedó sepultado bajo el adoctrinamiento marxista y la ambición profesional. Eran ginecólogos, y en la Unión Soviética y en la Letonia posterior un ginecólogo, simplemente, se supone que realiza abortos.

"Yo hacía como promedio uno al día", explica Silvija.

"Gints, además de ser mi esposo, era el Jefe de Departamento del Hospital donde atendíamos cada año a cientos de mujeres que deseaban abortar. Al mismo tiempo él era diputado y formaba parte del consejo de administración de varias empresas. Nos iba bien, como se suele decir. Teníamos la suerte de trabajar juntos, ganábamos bastante dinero y gozábamos de una cierta posición".

Habían oído críticas contra el aborto, pero no les hacían caso: un profesional hace abortos, y punto, eso les habían enseñado. Ellos tenían el entrenamiento, la formación, la gente lo demandaba… ¿Qué más había que pensar?

Además, en la Facultad les habían repetido que antes de las 12 semanas de gestación "no había nada". "Lo hicimos durante muchos años, porque creíamos que era nuestro deber, nuestro trabajo", explicaba en febrero de 2011 el doctor Gints en una entrevista a una revista luterana letona.

Al principio repugna, luego te endureces
Sin embargo, recordaban que al principio les había repugnado hacer abortos… "Pero luego, a medida que los vas realizando, el corazón se te endurece hasta que adquieres una actitud cínica. Con frecuencia, tras un aborto, bromeábamos: "¡después de esto nos vamos a achicharrar en el fuego del infierno!", recuerda Silvija.

El cambio de visión no les llegó con la fe, sino antes, cuando aún no eran creyentes. Sucedió al tener su primer bebé propio.

"Desde que nació nuestro primer hijo habíamos empezado a poner en tela de juicio desde un punto de vista médico lo que nos habían enseñado en la Facultad sobre el límite de las doce semanas, etcétera. Cada vez veíamos más claramente que aquello no era un pedazo de carne, sino una verdadera criatura humana. Fue un proceso muy duro, porque a nadie le resulta fácil reconocer que se ha equivocado gravemente durante años", explica Silvija. Pero, pese a sus dudas, seguían haciendo abortos.

Una infidelidad... y la necesidad de reconstruir
El cambio vital llegó con una crisis matrimonial, y con Dios.

Gints fue infiel a Silvija con otra mujer. Tenían dos hijos pequeños y Silvija no podía entenderlo ni aceptarlo.

Él le pidió perdón. "Me decía que sólo había sido una aventura pasajera; yo no le creía, y no estaba dispuesta a perdonarle. Discutíamos sin cesar y nos decíamos cosas terribles", recuerda ella.

Pero él pedía "arreglar esto como sea; no puedo perder a mi mujer, a mis hijos y mi familia, sois mi vida", le decía.

Era una crisis que no podían solucionar con sus propias fuerzas.

Y, en ese momento, sin haber pensado nunca en Dios desde la infancia, esa doctora abortista endurecida que bromeaba con el infierno se dijo: "Tengo que encontrar a Dios".

La irrupción de Dios
"Fue así, de pronto: Dios se hizo presente en mi vida y en la de Gints", afirma.

Porque Gints también había empezado un proceso. Se había dado cuenta de que, como explica San Pablo, hacía el mal que no quería. Y no entendía por qué.

Escribió por e-mail a un pastor luterano famoso en el país, el reverendo Juris Rubenis, que le recomendó leer los Evangelios… y libros como el clásico de C.S. Lewis, Mero Cristianismo.

Gints se convenció: Dios existe, y él necesitaba de Dios, porque sin Dios no podía salir de su atasco vital, no podía dejar atrás el mal que le tentaba y el que ya había hecho.

Dejar los abortos: un paso necesario
Aún estaba en este proceso de discernimiento, cuando el pastor Rubenis le explicó que dejar los abortos era un paso ineludible para acercarse a Dios. Gints lo habló con Silvija, y estuvieron de acuerdo… pero les parecía poco simplemente dejar de hacer abortos. Hablaron con sus 5 colaboradores, les expusieron lo que habían estudiado y descubierto, su investigación en bioética… y los cinco ayudantes, todos ellos no creyentes, dejaron el aborto. Después de todo, explicó Gints, era algo que de hecho a nadie le gustaba hacer, como si siempre intuyeran que era algo sucio, no realmente médico, aunque la sociedad lo solicitase.

En cuanto a los ginecólogos que siguen haciendo abortos en el país "nos consideran como especímenes extraño. Están observándonos a ver si somos muy locos, pero yo sé que estamos bien", explica Gints.

Un extraño deseo...
Mientras tanto, en esos días a Silvija le pasaba algo inexplicable desde la mentalidad soviética o postsoviética.

"Había ido naciendo dentro de mi alma un afán que pocos años atrás me hubiera parecido absurdo, extraño, incomprensible: el deseo de comulgar. Los católicos adultos que han comulgado desde pequeños no pueden entender esto, lo mismo que las personas que no tienen fe. Cuando ese deseo se apodera de tu alma, estás dispuesto a superar lo que sea con tal de alcanzarlo. Te sientes como una persona perdida en medio del desierto, muerta de sed, que divisa a lo lejos un oasis: a partir de entonces, el único objeto de tu vida es llegar a él".

Tenía clara una idea: sólo podría perdonarse a sí mismo y perdonar a Gints si acudía a la ayuda del Señor en la Eucaristía. "Sólo Él podría darme fuerzas para hacerlo".

Fue un proceso complicado de formación para entrar en la Iglesia. Ella era una bautizada católica, casada sólo civilmente con un no bautizado, aunque es verdad que –como muchos postsoviéticos- en cierto momento tras la perestroika él se había bautizado luterano sólo por razones sociales, para acudir como padrino a algún bautizo de niños de amigos. Y no sabían casi nada de la fe.

La catequesis se les hizo larguísima, y durante ese tiempo no podían acceder a los sacramentos, pero leyeron mucho y se prepararon a conciencia.

Gints hizo la procesión de fe católica, ambos recibieron el sacramento del matrimonio, Dios sanó su relación y se hicieron asiduos a la confesión.

Defendiendo la vida día a día
"Siguen viniendo mujeres a mi consulta que, después de haber tenido uno, dos o tres hijos, desean abortar. Yo procuro tratarlas con respeto y delicadeza, porque al igual que yo, no han tenido a nadie que les abra los ojos, pero les digo la verdad: no se trata de extirpar un pedazo de carne", explica Silvija.

"Eso que late dentro de tu vientre es tu hijo, y yo no estoy dispuesta a hacer otro aborto jamás", les dice hoy, y las ayuda a buscar alternativas. "La gran mayoría reaccionan bien y cuando dan a luz se encuentran tan felices que no quieren pensar siquiera en lo que me plantearon en aquellos momentos de confusión".

"Estamos impulsando un movimiento por la vida en toda Letonia, que va dando fruto, porque hasta hace poco abortar parecía algo pacíficamente aceptado por todos en este país. Era la consecuencia de tantos años de indoctrinación ideológia. Ahora se ha producido una especie de despertar: muchos ginecólogos se están replanteando la cuestión y se ha abierto un debate en la opinión pública", comenta Silvija.

Han hablado en el Parlamento a favor de la vida y de la ciencia, y en las televisiones, y en los medios de comunicación que han querido acudir a ellos. Y no se rendirán.

"Si hemos sido capaces de obtener la libertad de un monstruo enorme, la Unión Soviética, que era un estado totalitario, entonces Dios puede también vencer al aborto. Debemos explicar a la gente la realidad, y llamar a las cosas por su nombre, de forma radical, clara y precisa", afirma Gints.





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