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Portada:: Habla el Obispo:: Monseńor Carlos Osoro Sierra:: LA AMISTAD DE JESÚS CON LÁZARO Y SUS HERMANAS

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LA AMISTAD DE JESÚS CON LÁZARO Y SUS HERMANAS

 
Mon, 18 Apr 2011 13:01:00

CAMINEO.INFO -Valencia/ESPAÑA- ¡Qué manera de dar recado a Jesús sobre lo acontecido en la vida de Lázaro! “Señor, tu amigo está enfermo”. Y qué calado tan hondo tiene la respuesta de Jesús: “esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. La gran amistad de Jesús con Lázaro y sus hermanas, ante el acontecimiento de la enfermedad y de la muerte de Lázaro, va a ser una ocasión para que los hombres vean y den gloria a Dios.

La palabra “amigo” aparece veintiocho veces en el Nuevo Testamento. Pero hoy quisiera comunicarte lo que significa esta palabra en el Evangelio de San Juan. Voy, en primer lugar, a hacer esta afirmación: amistad, alegría y comunión de mesa se unen en Juan. Esto pasa también en el Evangelio de San Lucas, donde la palabra “amigo” se utiliza diecisiete veces. Mira cómo, en el marco de una boda judía, el amigo especial del novio se alegra con el novio al recibir a su novia (cf. Jn 3, 29). Con esta expresión de amigo se designan las relaciones entre Juan el Bautista y Jesús.

Pero hoy me quiero referir al Evangelio que hemos proclamado el domingo pasado, “la resurrección de Lázaro”. En la escena del encuentro de Jesús con las hermanas de Lázaro se dice que Lázaro es amigo de Jesús (cf. Jn 11, 1-45). ¡Qué escena más emotiva y qué oferta más profunda la que nos entrega este texto! Como amigos de Jesús entran en su ámbito vital y les va a regalar todo lo que Él puede con su poder, hasta devolverle a la vida a su amigo. Pero les va a dar, y en ellos a todos los hombres, mucho más. Por eso, aquella conversación de Marta con Jesús, tan llena de significado, para decirnos a través de ella lo que Jesús deseaba regalar a todos sus amigos, a todos los que entrásemos en su ámbito, y que lo expresa con estas palabras: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” ¡Qué respuesta la de Marta más contundente, qué adhesión a Jesucristo!: “Sí, Señor. Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. La comunicación entre amigos no es ya la de maestro-discípulo; ha terminado el aprendizaje, porque Jesús se lo ha comunicado todo. Por ello, la amistad se define con dos rasgos que son esenciales: la confianza plena y la prontitud para comprometerse por los demás.

Dice el libro del Eclesiástico: “Un amigo fiel es apoyo seguro; el que lo encuentra, encuentra un tesoro. Un amigo no se paga con nada… Un amigo fiel es bálsamo de vida” (Eclo 6, 14-16). La Biblia ensalza de una manera particular al amigo fiel, que es como otro tú (cf. Eclo 6, 11). Dice que la amistad buena debe ser bien cuidada (cf. Eclo 6, 17). Dios nos demostró su amistad enviando a la tierra al Hijo amado (cf. Tit 3, 4). Jesús, no solamente ensalza la amistad, como lo hace en Lucas 11, 5-8, sino que Él mismo la cultivó, como podemos ver en la intimidad a la que llega con Lázaro y sus hermanas. La amistad que proclama Jesús debe ser tan fuerte que hay que estar dispuesto a dar la vida por el amigo (cf. Jn 15, 13). Con el amigo fiel se debe pensar en voz alta y, desde luego, no debe mediar secreto alguno. De hecho, así hizo Jesús con sus discípulos y con Marta la hermana de Lázaro. A todos los amigos les revela los secretos del Padre. ¿No te das cuenta de lo que ha revelado Jesús a Marta? Nada más ni nada menos que decirle quién era en verdad Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”. La amistad con Jesús había llegado en todos los miembros de la familia a tal intimidad, que a Marta le costó poco decir: “yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Los cristianos, para saber de la amistad, tenemos que educarnos en recibir la intimidad del Señor y en reconocer al Señor a través de la amistad con Él y con los hermanos, es decir de la fraternidad. Tenemos que aprender a conocer y a apreciar los valores evangélicos a través del amor amistoso practicado con todos los hombres, tal y como nos lo enseña Nuestro Señor Jesucristo. Tenemos que tener la osadía de proponer la práctica de la amistad como fuente universal de conocimiento, para poder tener la experiencia que un autor cristiano anónimo de los primeros siglos nos dice: “Dios mío, haced que brille para mí, en la vida del otro, vuestro rostro; concededme reconoceros también y sobre todo en lo que hay de más íntimo, perfecto y remoto en el alma de mis hermanos”. ¡Qué belleza tiene la existencia humana cuando descubrimos que estamos llamados a participar sacramentalmente de la amistad caritativa propia de Cristo hacia Dios Padre! En este sentido, como que tenemos una vocación propia de unión con Dios en Cristo. Por ello, la experiencia mística cristiana se puede caracterizar como una amistad viva del alma con Dios o en el Espíritu del Señor. Es como una anticipación en la tierra de la intimidad plena que tendremos con Cristo. La amistad cristiana se logra de verdad cuando se concibe y vive como un abandono al Espíritu de Cristo.

¡Qué página más bella sobre la amistad la que hemos podido escuchar esta semana! Pero se trata de la verdadera amistad, la que Dios mismo entrega al hombre elevándole siempre. Dios “habla a los hombres como amigos y trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía” (DV 2). La vida del hombre es convivencia y se convive en la relación. Una persona es lo que son sus relaciones con los demás, en la acogida generosa y en la donación total y desinteresada. De ahí la importancia de la amistad con el Señor. Es en esta amistad en la que aprendemos la amistad con los demás. En este sentido, es de una hermosura muy grande cómo Santa Teresa de Jesús definió la oración: “relación de amistad” (Vida 8, 5). Y es bien expresivo también cómo San Juan de la Cruz escribió: “Comunícase Dios… al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo, ni amor de hermano ni amistad de amigo que se le compare” (Cántico espiritual 27, 1).

Con gran afecto, os bendice


+ Carlos, Arzobispo de Valencia







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