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Animación misionera y vida ordinaria

Mon, 27 Jul 2020 10:09:00

La misión de la Iglesia es obra del Espíritu Santo, no consecuencia de nuestras reflexiones e intenciones. Ese rasgo es suficiente para rechazar toda forma de autosuficiencia, clericalismo o autoglorificación. Así lo afirma el Papa Francisco en un Mensaje a las Obras misionales pontificias (21-V-2020), es decir, las instituciones que se dedican a la animación y a la cooperación misionera (*)

El amplio mensaje contiene enseñanzas para el conjunto de la Iglesia católica, sus fieles e instituciones. El texto se distribuye en tres apartados: el primero, sobre la alegría del Evangelio; el segundo sobre la situación actual de las tareas misioneras y el tercero sobre algunas orientaciones en este ámbito.


La alegría del Evangelio

1. La alegría del Evangelio. “La salvación –­escribe Francisco– no es la consecuencia de nuestras iniciativas misioneras, ni siquiera de nuestros razonamientos sobre la encarnación del Verbo. La salvación de cada uno puede ocurrir sólo a través de la perspectiva del encuentro con Él, que nos llama. Por esto, el misterio de la predilección inicia —y no puede no iniciar— con un impulso de alegría, de gratitud”. 

Como explicaba ya san Agustín, si la Iglesia no creyera que es Dios mismo el que la dige a la Iglesia en su misión y atrae hacía sí los corazones de los hombres, sus oraciones no serían aunténticas, sino simples formalismos (cf. El don de la perseverancia. A Próspero y a Hilario, 23.63). En efecto, porque la oración se fundamenta en la fe que es don de Dios. Sin fe la oración no tendría sentido, y tampoco la pasión por la felicidad y la salvación de los demás, aunque se dedicara mucho tiempo a promover la conversión. 

Ya en la exhortación Evangelii gaudium, Francisco señalaba los rasgos distintivos de la misión de la Iglesia y ahora retoma algunos de ellos: 

– el atractivo (Cristo se nos revela atrayéndonos, decía también san Agustín, por la voluntad e incluso por el “gusto” -lo que sin duda es una valoración y evocación de la belleza de la obra redentora- (cf. Comentario al Evangelio de San Juan, 26, 4); 

– la gratitud y la gratuidad, pues la misión brota de la memoria agradecida y del asombro ante el amor divino. El fervor misionero no es consecuencia de un razonamiento o de un cálculo, sino que es una respuesta libre, como fruto de la gratitud. Por eso, dice el Papa, no tendría sentido presentar la misión y el el anuncio del Evangelio “como si fueran un deber vinculante, una especie de ‘obligacion contractual’ de los bautizados”; 

– la humildad, que no se obtiene por querer ser cautivadores, sino por seguir a Cristo(cf. Mt 11, 29); 

– la paciencia y la misericordia que llevan a “facilitar, no complicar” el camino interior de las personas; “salir” a buscarlas y acompañarlas, aminorando el paso si es necesario, tener las puertas abiertas y otear el horizonte con esperanza (cf. Lc 15, 20); no añadir cargas pesadas o inútiles.

– La cercanía en la vida “cotidiana”, llegando a las personas en el trabajo y allí donde se ncuentran cada día; sin crear mundos paralelos o “burbujas mediáticas”, como espacios protegidos y cautivos. Aquí pone Franciso el ejemplo del eslogan “es la hora de los laicos”, siendo así que el reloj parece parado. 

– El “sentido de la fe” (sensus fidei) del Pueblo de Dios: su “olfato” para la acción del Espíritu Santo, que le lleva –al Pueblo cristiano– a no equivocarse cuando cree lo que es de Dios y a la oración, aunque no haya profundizado en los razonamientos y formulaciones teológicas que explican las realidades de la fe.  

– La predilección por los pequeños y por los pobres, que no es algo opcional en la Iglesia. Hasta el punto de que, señala Francisco, “las personas directamente implicadas en las iniciativas y estructuras misioneras de la Iglesia no deberían justificar nunca su falta de atención a los pobres con la excusa —muy usada en ciertos ambientes eclesiásticos— de tener que concentrar sus propias energías en los cometidos prioritarios de la misión”. 

Afirma también que la “necesidad del Espíritu Santo” y “el primado de la gracia” en la misión no deberían constituir simplemente principios o formulaciones que se dan por supuestas sin encontrar una respuesta operativa por nuestra parte. 


Talentos y tentaciones

2. Talentos a desarrollar, tentaciones a evitar. La “red” de la misión de la Iglesia se apoya en estas Obras Misionales Pontificias, que se dedican a la animación y cooperación misionera en toda la Iglesia. Estas Obras nacieron de forma espontánea entre los bautizados. Avanzaron desde el principio sobre los dos “raíles” de la oración y de la caridad en forma de limosna. Hace ahora un siglo (en 1922) fueron asumidas y organizadas con el título de “pontificias” como un ministerio universal a las Iglesias particulares, estructurado a modo de red capilar interior a ellas mismas y al servicio de la comunión eclesial. Hoy se extienden por todos los continentes, manifestando con su propia configuración la variedad de las condiciones y situaciones de la Iglesia en los diferentes lugares. 

Estas características pueden ayudar a evitar algunas tentaciones o insidias. Entre ellas apunta el Papa: la autorreferencialidad, el ansia de mando, el elitismo, el aislamiento del pueblo, la abstracción y el funcionalismo. Cabría observar que su denominador común es la sustitución de una visión de fe por una visión humana, en la línea de los nuevos gnosticismos y pelagianismos señalados por Francisco en el capítulo segundo de la exhortación Gaudete et exsultate de 2018. 


Orientaciones 

3. Entre los “consejos para el camino” en este ámbito de la animación, cooperación y promoción misionera, sugiere el sucesor de Pedro: 

– Mejorar la inserción de las Obras Misionales Pontificias en el seno del Pueblo de Dios, es decir un mayor entrelazamiento con la red eclesial, es decir con la vida y la misión de la Iglesia y con la vida ordinaria, como medio útil para salir del encerramiento en las problemáticas internas y para adaptar los propios procedimientos operativos a los diversos contextos y circunstancias. 

– Buscar una mayor conexión con la oración y la colecta de recursos para las misiones, que están en la raíz de estos servicios, así como nuevos caminos y formas sencillas de realizarlos. 

– Fomentar, mediante la oración, el discernimiento de las señales que Dios nos da para el servicio efectivo a la misión evangelizadora de las Iglesias particulares, promoviendo más la fe que las meras estrategias o discursos. 

– Mantener y mejorar el contacto con las realidades de la vida cotidiana y la “clase media de la santidad”, sin convertir la misión en un ejercicio burocrático o meramente funcional. 

– Manifestar la gratitud ante los prodigios que realiza Dios saliendo y mirando hacia afuera y no hacia los propios “espejos”. “Romped –aconseja gráficamente el Papa– todos los espejos de vuestra casa”, aligerar y flexibilizar los procesos y las estructuras poniendo como guía el fervor misionero. 

– Ante las dificultades –también las originadas por la actual pandemia– no confiar la colecta de recursos solamente en grades donantes, sino en la multitud de los bautizados, como cauce de su gratitud y generosidad. 

– Cuidar los criterios a la hora de usar esas donaciones de forma que se den respuestas concretas a exigencias objetivas, sin caer en la tentación de privilegiar los propios intereses. 

  No olvidar a los pobres, siguiendo la recomendación que el Concilio de Jerusalén dio al apóstol Pablo: “La predilección por los pobres y los pequeños –insiste una vez más Francisco– es parte de la misión de anunciar el Evangelio, que está desde el principio. Las obras de caridad espirituales y corporales hacia ellos manifiestan una ‘preferencia divina’ que interpela la vida de fe de todo cristiano, llamado a tener los mismos sentimientos de Jesús (cf. Flp 2,5).” 

– Reflejar, en el apoyo a las misiones por todo el mundo, la rica variedad del pueblo con muchos "rostros" que es la Iglesia, sin depender “de modas pasajeras, de servilismos a escuelas de pensamiento unilateral o a homogeneizaciones culturales con características neocolonialistas; fenómenos que, por desgracia, se dan también en contextos eclesiásticos”. 

– Cuidar el vìnculo con la Iglesia de Roma, que preside en la caridad. Y en esa línea propone Francisco “compartir el amor a la Iglesia, reflejo del amor a Cristo, vivido y manifestado en el silencio, sin jactarse, sin delimitar el ‘terreno propio’; con un trabajo cotidiano que se inspire en la caridad y en su misterio de gratuidad; con una obra que sostenga a innumerables personas interiormente agradecidas, pero que quizás no saben a quién dar las gracias”. 

Concluye el Papa animando de nuevo a la flexibilidad y soltura en los métodos y procedimientos evangelizadores y misioneros; al amor verdero a la Iglesia como reflejo del amor a Cristo; al fervor apostólico impulsado por la vida teologal que solo el Espíritu Santo puede obrar en el Pueblo de Dios.





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