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Décimo aniversario de la muerte de monseñor Romero Pose: «Lo importante es la oración»

 
Mon, 27 Mar 2017 11:01:00

CAMINEO.INFO.-

El 25 de marzo del año 2007 moría don Eugenio Romero Pose, que fue durante diez años obispo auxiliar de Madrid. Hoy, diez años después de su muerte, son muchas las personas que conservan su recuerdo y lo llevan en el corazón. Próximamente la Iglesia en Madrid celebrará este aniversario con una Eucaristía en la cripta de la Almudena, presidida por el cardenal Osoro.

María Pilar Herrero, catequista de la parroquia Nuestra Señora de Sonsoles, conoció a don Eugenio durante la preparación de la peregrinación de jóvenes a Santiago de Compostela, y su primera impresión fue de «cercanía y sencillez. Y cómo ofrecía su amistad: una vez que lo conocías ya se hacía amigo tuyo. Era muy sencillo y humilde, y al mismo tiempo muy sabio, dos cosas que no son fáciles de conjugar», asegura.

Con los años, esa amistad fue consolidándose, y Pilar fue recopilando retazos de sus conversaciones y encuentros con él. «Don Eugenio vivía una unión grande con el Señor. Yo tuve la suerte de escuchar de él algún testimonio que nunca olvidaré. Un día me dijo: “Vivo tanto la cercanía del Señor que a veces digo: Aparéceteme, y solo me falta que se abra la puerta y encontrarme cara a cara con Él”. Y también me dijo una vez: “Cuanto más confío en Él, más veo lo pobre que soy, pero yo pobre y tú pobre vamos caminando los dos hacia ese corazón misericordioso de Dios”».

Un día en que tenía que ordenar a un religioso que se iba a misiones, don Eugenio le confesó: «Como duermo poco, me levanté muy temprano y comencé la oración sacerdotal, y así, en silencio, estuve en oración muchas horas. ¿No te parece que fue el mejor regalo que pude hacer a ese religioso? Porque las palabras sobran, lo importante es la oración». Pilar también recuerda otro día en que con varios amigos de la parroquia visitó al obispo auxiliar de Madrid: «Nos enseñó la capilla y me dijo: “Mira Pilar, aquí paso yo los ratos con el Señor”. Entonces comprendí de dónde sacaba él la fuerza para llevar con tanta alegría su enfermedad».

En el año 2004, cuando el cáncer ya le estaba dando batalla, don Eugenio reconocía a Pilar que «el otro día me hicieron una prueba muy dolorosa, se me caían las lágrimas. Estaban el médico y otras dos jóvenes médicas, las apreté las manos y les dije: “Dios te ama”. Pero una de ellas no debió de entenderme y yo le dije: “No importa, Dios te ama”».

Unos kilómetros con el obispo

¿Sería posible abrir un proceso de canonización de monseñor Romero Pose? Alberto Fernández, delegado de las Causas de los Santos de Madrid, responde que «la apertura de un proceso no es propiamente una decisión personal del obispo, sino que nace de escuchar la voz de los fieles. No solo es necesario tener la certeza de que una persona vivió santamente, sino que se requiere además que la fama de santidad esté presente en una parte significativa del pueblo de Dios y que crezca con el paso del tiempo: que cada vez haya más personas que se encomienden de modo privado a su intercesión, que su sepulcro reciba visitas, que su memoria permanezca viva en la Iglesia...».

En este sentido, el mismo Alberto Fernández afirma que «para mí don Eugenio es un luminoso ejemplo de amor al Señor, de trabajo oculto, de verdadero servicio a la Iglesia», y ofrece para atestiguarlo su propia experiencia personal: «Antes de encontrarme con el Señor, mi visión de la Iglesia era algo oscura, y me dejaba llevar por los prejuicios típicos que se suelen escuchar. Así llegué al Camino de Santiago que organizó la diócesis de Madrid en el verano del 2004, al que también acudió don Eugenio. Yo no sabía quién era, y mucho menos que era uno de los obispos auxiliares. Pero durante un largo trayecto de la etapa que llegaba a Sobrado de los Monjes se puso a caminar a mi lado, con toda sencillez. Me cogió del hombro, como si quisiera apoyar su cansancio y su debilidad, ya tocada por la enfermedad, sobre mí. No me acuerdo cuál fue la conversación, pero recuerdo perfectamente esta imagen: un señor mayor que me acompañaba, que ponía su brazo sobre mis hombros, pero que misteriosamente me sostenía a mí. Cuando esa tarde vi que el hombre que me había acompañado presidía la Eucaristía, mis prejuicios sobre los obispos como seres oscuros y lejanos comenzaron a derrumbarse».

Alberto, que conserva en casa una fotografía de ambos juntos, considera ese momento con don Eugenio como «el inicio de mi regreso a la Iglesia, a mi casa. No puedo estar más agradecido a Dios por ese pequeño trayecto de camino con don Eugenio».

La gracia de la enfermedad

Monseñor Romero Pose escribió este testimonio en la Cuaresma del año 2003, un año antes de morir, en la publicación litúrgica Magnificat:

«Tu gracia vale más que la vida»: son palabras del salmista que monseñor Eugenio se tienen como verdaderas cuando te sientes bendecido Romero Pose, por la enfermedad y tocas los límites de tu caducidad. Sentir el hielo de la debilidad, del cuerpo que se rompe, de la mente que se oscurece, de la corruptibilidad que se adueña de lo que uno creía poseer, adquieren nuevo sentido cuando se abren los ojos a la verdad del dolor. Y únicamente uno puede mirar hacia delante, y salir de la espiral del absurdo, cuando en la oración deja que el corazón acoja la luz de quien sufrió y saboreó las hieles del sufrimiento hasta el extremo.

Al sentir la incapacidad inexorable de que en la enfermedad no eres tú dueño ni de la vida ni de la muerte, entonces, sólo entonces, levantas los ojos a lo Alto y recibes el bálsamo que hace más dulce la existencia. Miras hacia adentro y hallas a Aquel que, el primero en todo, no se negó a entregarse a un fin no definitivo que abre las puertas a una vida en plenitud.

La enfermedad es profecía de la muerte; la muerte que adviene es experiencia que nos hace tocar fondo la pequeñez, para que podamos esperar la nueva vida, y, esperándola, la agradezcamos. No se aprecia la vida si no se acepta la muerte. Esperar la plenitud de la vida es dejar que el miedo a la muerte no aprisione alma y corazón. Vivir la enfermedad, no matar la ternura que con ella nace, es dejar que hable la verdad de la vida y decir No a la mentira. Esconder y no contemplar la enfermedad es obligar a que para siempre se enmudezca la palabra verdadera.

Padre bueno, que a todo y a todos nos has dado la vida para que supiéramos de tu amor. Padre Creador, me ha desbordado tu querer; tantas veces mi incapacidad de tenerte, y tener en mis manos los dones que Tú me ofrecías en las Tuyas, me distanció de Ti. Yo sé que, aunque me aleje, nunca dejarás que escape del cuenco de Tus Manos creadoras.

Llegó a mis oídos la dulzura con la que volviste la mirada a tu Adán, enfermo y extraviado en un paraíso que creyó era sólo suyo. Sé cómo tu siervo Job, en el silencio del abandono, se mantuvo en la vida gracias a tu apoyo. Llegó hasta mis ojos la cercanía de tu ser y estar en los enfermos, pobres y débiles, que tu Hijo, Jesucristo, encontraba y curaba en los caminos de Galilea, Samaría y Judea. Sigo sintiendo la Mano sanadora del Nazareno que, más que nadie, saboreó el sufrimiento, la oscuridad del dolor, la entrega a la muerte, cuya manifestación es la gloria de Dios. Tuya, Señor Jesús, es la gloria del Padre, la que clarifica la carne que sufre, la que abre horizontes infinitos, la que regala la comunión que salva y que ofrece la incorruptibilidad. Gracias a tu Cruz, la Humanidad es transformada por el Espíritu de Vida.

Te pido, Señor, que sepa, en el dolor, pedirte el Espíritu, para que mi vida, en esta peregrinación que un día se acabará, y mi muerte estén en tu Cruz. Tiéndeme Tu Mano, para que contigo, a pesar de la oscuridad del camino, tenga la sencilla certeza de abrir un día los ojos y verte a Ti a la derecha del Padre con el Espíritu Santo. Muchos atardeceres, al ganarme el sueño, aguardaba encontrarte en la mañana que nunca tiene fin. Pero sólo Tú, Señor de mi vida y enfermedad, sabes cuándo es el día que jamás tendrá ocaso. Mientras tanto, déjame que no te deje y que dé gracias, porque cada instante es un milagro en la espera de otro mayor: la vida eterna, vivir contigo.

Me abandono, enfermo y débil, en Tus Manos, que me hicieron, y en las de los hermanos que en el camino del dolor me comunican tu calor. Tus Manos están llenas de misericordia. En ellas me refugio y en ellas me escondo con todos los que sienten el anuncio de que la vida terrena es el comienzo de la otra, en la que la enfermedad y la muerte quedan para siempre vencidas.

Gracias, Señor de mi vida y mi enfermedad, porque me has enseñado que tu gracia vale más que la vida, que la frialdad de la muerte no dejará que se apague el fuego de tu Amor.






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