CAMINEO.INFO.- De entre las muchas obras de Rembrandt, existe una interesante pintura. La imagen (dicho sea de paso: fue robada hace un tiempo y aun hoy se ofrece una cuantiosa recompensa) consiste en una barca de madera en medio de una espantosa borrasca. Así de simple.
La vemos inclinada: la proa en alto, empujada por una feroz ola, y la popa a punto de sumergirse. Ésta última, en el extremo derecho, sostiene a un grupo de hombres, cada uno con un gesto distinto: está el que no sabe qué hacer y se tira al suelo presa del pánico; hay uno que está a la orilla echando fuera el desayuno…; otro, aferrado a una tabla, ora sin cesar; y todo ese grupo se encuentra en la parte donde no llega la luz. Se les ve desesperados. La otra parte, la de la proa, tiene unos personajes de un talante diverso. En medio de la violenta ola que choca en contra, ellos se parten la cara por salvar la lanchita y evitar una horrenda zozobra. Está quien tira de la vela para evitar que el mástil se quiebre; otro le ayuda poniendo todo su esfuerzo, mientras que un tercero está en las mismas. Esta parte de la pintura está del lado donde ilumina el poco sol que puede haber en una atroz tormenta.
¿No es esa acaso la misma escena que hoy vivimos en toda la humanidad? De la misma manera que se ve en la pintura de Rembrandt, hoy en día hay diversas actitudes de afrontar la misma realidad.
Lo que sucede es que nadie puede decir que estamos viviendo momentos fáciles. Ningún bolsillo se ha salvado de la sacudida económica de la famosa crisis; nadie se creería el cuento de que el rearme internacional es un juego de niños, o que la seguridad en las calles va mejorando; ni que los índices de suicidios son farsas.
Si Rembrandt nos dirigiera unas palabras a la luz de su obra, nos clasificaría en dos grupos de personas.
Por un lado, los que caen en el pesimismo. Los que su manera de ser es tal, que una dificultad les hunde en el pánico. Ellos, como los de la popa de la barca, reciben poca luz, están inciertos ante la oleada que llega sin avisar (esa es una característica de los tiempos duros: nadie los espera). Hay quien entra en shock. A alguno el momento le impide salir al paso o ver que a su alrededor hay quien se encuentra en una situación peor, como el señor que desaloja el desayuno…
En fin, no podemos decir que sea su culpa, aunque tal vez lo sea. El caso es que un grupo se viene abajo por la dureza del tifón y de ahí no salen hasta que pare, hasta que alguien les ayude, o –más difícil todavía- hasta que ellos mismos venzan sus miedos y por sus propias fuerzas enfrenten el problema.
Y existe otro polo. Un flaco rayo de luz escapa de entre las gruesas nubes. Llega a la proa de la barca e ilumina una valerosa escena. Hombres, iguales a los están en la popa, dejan de lado todos los posibles miedos, incluido el riesgo de perder la vida. Ven el rudo problema y buscan la solución. Ahí están los que, por diversas razones, hacen siempre la diferencia.
La coyuntura histórica en la que navegamos, posee, como a lo largo de la historia, muchos de estos personajes. Hoy los podemos identificar dando su vida, tiempo, incluso arriesgando la buena fama, con tal de que la humanidad no perezca en su travesía. Los hay conocidos, o también quienes viven bajo el anonimato. Su común denominador es el servicio a los demás.
Así son las cosas. Rembrandt, quién sabe por qué, pintó cobijados de luz a unos, y en tinieblas a otros. Tal vez inconscientemente su pincel plasmó una realidad que a todos nos afecta: quien vive para los demás en medio de dificultad, refleja una luz que aclara el derredor; quien está a nuestro servicio para ayudar en nuestras penas lleva algo que atrae y nos ilumina.
Son ese foco de esperanza para tanta gente que anda a oscuras.
¿Por qué no somos como ellos si estamos en la misma barca?