CAMINEO.INFO / A&A.- En el libro La Hora de Tomás Moro, de Peter Berslar, hay una historia de un abad inglés, de tiempos de Lutero, que mandó al hermano lego a que limpiara un pequeño rincón de la fachada del convento. Las palomas, el tiempo y la humedad habían hecho que la antes reluciente piedra tallada fuera ahora del color del lodo. Así, el lego se entregó a su humilde labor.
Sin embargo, mientras raspaba con su espátula, se percató que la fachada entera estaba sucia y no sólo ese pequeño rincón. Contempló la ingente labor que tenía por delante y se dio cuenta de que, además, estaba decorada con mal gusto. Las esculturas eran demasiado geométricas y complicadas, no había ritmo ni armonía con las torres y el rosetón. Pensó entonces que tendría más sentido renovarla toda, "devolverlo a su estado original", o... todavía mejor: derribar todo el edificio y construir uno nuevo. Desde los cimientos. Pero –pensó en su interior el buen monje– ¿no bastaría con una pequeña y humilde capilla? ¿Para qué aquellas pomposas torres góticas? ¿Eran necesarios los altares decorados con chapa de oro y encajados en joyas? ¿A qué tantos mausoleos e imágenes de santos?
Conjeturó que sería mejor repartir todos esos tesoros y entregarlos a los pobres. ¿Es que se necesitan catedrales presuntuosas para alabar a Dios? ¿Acaso no se puede invocar a Dios bajo el cielo libre? ¿Hacen falta prelados y papas? ¿Son necesarias las reglas conventuales? Y... al final, ¿es necesario invocar a Dios? ¿No basta con hacer obras buenas y evitar las malas? E incluso, quizá ni eso fuera necesario, pues en el fondo quizá las nuevas ideas fueran verdaderas y todo estuviera ya decidido y predestinado. A fin de cuentas, ¿quién puede conocer directamente a Dios? Y, en fin, que exista o no, qué más da: el hombre debería volverse el objeto principal de atención, velar por su calidad de vida, por su propia realización, volverse su propio "dios"…
Las moralejas son torpes porque es posible que el lector se sienta ofendido con el carácter moralizador. Sin embargo, para aquellos que se disponen a que no quede piedra sobre piedra de su antiguo y obsoleto inmueble, sienta bien una reflexión en tiempos de reforma que le lleven a preguntarse si aquel humilde lego no hubiera hecho mejor en tallar el oscuro rincón de su convento