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Portada:: Habla el Obispo:: Yo amo tus man­da­tos por­que te amo a ti Se­ñor

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Mons. Ra­fael Zor­no­za


Yo amo tus man­da­tos por­que te amo a ti Se­ñor

Mons. Ra­fael Zor­no­za

Mons. Ra­fael Zor­no­za Boy, Obis­po de Cá­diz y Ceu­ta
Fri, 07 Sep 2018 08:33:00

Los cris­tia­nos, al ha­blar de los man­da­mien­tos y de la ne­ce­si­dad de ad­he­rir­nos a ellos, ha­bla­mos de ad­he­rir­nos una per­so­na, Cris­to, ros­tro de la mi­se­ri­cor­dia de Dios que vie­ne en nues­tra bús­que­da y po­de­mos aco­ger en el amor. Cuan­do el após­tol San­tia­go ha­bla de los man­da­mien­tos de Dios ha­bla de la Pa­la­bra, como ob­ser­vá­ba­mos en la Se­gun­da Lec­tu­ra de este do­min­go (Cf. St 1,17-18. 21b-22.27). Los man­da­mien­tos de la ley de Dios son sig­ni­fi­ca­ti­vos para el hom­bre, por­que ha­blan de su co­ra­zón: no son una nor­ma ex­trín­se­ca a sus ne­ce­si­da­des y las del gé­ne­ro hu­mano.

La vo­lun­tad de Dios se ex­pre­sa en la Pa­la­bra que es el mis­mo Dios, Cris­to, el Ver­bo de Dios he­cho car­ne por amor nues­tro. Y dice: “acep­tad dó­cil­men­te la pa­la­bra que ha sido plan­ta­da y es ca­paz de sal­va­ros”. Acep­tar la Pa­la­bra en el co­ra­zón hace que éste re­vi­va, por­que es una Pa­la­bra de vida. Y el Após­tol San­tia­go dice va­rias co­sas que son muy pro­fun­das e im­por­tan­tes para no­so­tros. Pri­me­ro, la ne­ce­si­dad de aco­ger la Pa­la­bra, por­que aco­ger la Pa­la­bra de Dios es algo más que sa­ber­se los diez man­da­mien­tos de me­mo­ria. Es es­tar en sin­to­nía con Dios. (Es lo que ha­ce­mos en la San­ta Misa con las lec­tu­ras, que es­cu­cha­mos e in­ten­ta­mos lle­var al co­ra­zón, ha­cer­las vida; es lo que ha­ce­mos cuan­do me­di­ta­mos el Evan­ge­lio – aque­llos que por ejem­plo tie­nen  en su me­si­ta de no­che unos Evan­ge­lios y cada no­che leen un pá­rra­fo-, in­ten­ta­mos in­terio­ri­zar, ha­blar con Dios, y Él res­pon­de). Es de­cir, en­tra­mos en la di­ná­mi­ca de la con­ver­sa­ción con Dios.

Esto es muy im­por­tan­te por­que Dios no es como el “Có­di­go de Cir­cu­la­ción”, por uti­li­zar un ejem­plo sim­ple. Dios no es un có­di­go, un li­bro, no ha ve­ni­do a “ven­der­nos” un li­bro para ha­cer­nos en­trar en la ley. Dios es al­guien que se di­ri­ge a mí y me ama, y por eso me ha­bla, para en­trar en con­ver­sa­ción con­mi­go, y me co­mu­ni­ca su sa­bi­du­ría para vi­vir, el ca­mino que me ple­ni­fi­ca. Así real­men­te se ven de otra ma­ne­ra las co­sas. No es como cuan­do uno lle­ga a una pen­sión y lo pri­me­ro que ve en su ha­bi­ta­ción es un car­tel de nor­mas de la casa, ho­ras, co­mi­das… No, sino que uno en­tra en una re­la­ción en la que las co­sas se en­tien­den y se ex­pre­san de otra ma­ne­ra.

De­cía­mos, pri­me­ro, aco­ger la Pa­la­bra. Se­gun­do, “lle­vad­la a la prác­ti­ca”, por­que el que no la lle­va a la prác­ti­ca, se en­ga­ña a sí mis­mo. Es muy duro de­cir que al­guien se en­ga­ñe cons­cien­te­men­te, aun­que pue­de su­ce­der. Va­mos a pen­sar que no es así. Pero si es cier­to que una ten­ta­ción per­ma­nen­te a lo lar­go de la his­to­ria de la Igle­sia es que po­de­mos acep­tar la Pa­la­bra de Dios –-por­que vi­vi­mos en una tra­di­ción cris­tia­na, por­que he­mos acep­ta­do la fe, por­que nos sa­be­mos los man­da­mien­tos de me­mo­ria, por­que he­mos re­ci­bi­do ca­te­que­sis, por­que va­mos a misa— sin vi­vir­los ni asu­mir­los en la pro­pia vida. Po­si­ble­men­te lo que el mun­do lle­va peor de los cris­tia­nos es la in­cohe­ren­cia. No hay  que ser ma­ni­queos, pues to­dos sa­be­mos que es­ta­mos en pro­ce­so de con­ver­sión: ¡que más qui­sié­ra­mos que apren­dien­do el Evan­ge­lio lo em­pe­zá­ra­mos a vi­vir au­to­má­ti­ca­men­te! Este es el pro­ble­ma, que nada es au­to­má­ti­co, que se tra­ta de una re­la­ción de amor trans­for­ma­do­ra, que de­be­mos con­ver­tir­nos, que el Se­ñor lla­ma a la con­ver­sión. Es evi­den­te y so­mos cons­cien­tes de que so­mos pe­ca­do­res. La Misa la co­men­za­mos siem­pre pi­dien­do per­dón de los pe­ca­dos. Pero una cosa es man­te­ner­se a la al­tu­ra de esa vo­lun­tad de Dios por amor a Él, sa­bien­do que eso nos da vida, y otra cosa es pres­cin­dir ha­bi­tual­men­te de su vo­lun­tad de­jan­do que lo que im­pe­re en no­so­tros sean nues­tros de­seos car­na­les, pues fi­na­li­za la lec­tu­ra del Após­tol con una ex­hor­ta­ción a “no man­char­se las ma­nos con este mun­do”, es de­cir, a no de­jar­se lle­var por la mun­da­ni­dad. Sin em­bar­go an­tes dice que este es el cul­to que Dios quie­re, la “re­li­gión pura”, y en­ton­ces cita a los pro­fe­tas: “vi­si­tar huér­fa­nos y viu­das en sus tri­bu­la­cio­nes”. Es de­cir, que vi­vir la vo­lun­tad de Dios, su ley, es vi­vir el man­da­to del amor que nos hace mi­se­ri­cor­dio­sos.

Es la jus­ti­cia, el ter­cer as­pec­to que re­se­ña­mos. Esa cohe­ren­cia nos dice que no solo se tra­ta de ver qué me dice Dios en el Evan­ge­lio, sino que si Dios es amor, la ex­pe­rien­cia en mi vida del amor debe lle­var­me al ver­da­de­ro cul­to que cam­bia mi vida, y que nos si­túa en la ver­dad del amor. Aun­que ten­ga­mos de­fec­tos, pe­ca­dos, y ten­ga­mos que pe­dir per­dón a Dios to­dos los días. Pero es dis­tin­to cuan­do esto se ex­pe­ri­men­ta en una ex­pe­rien­cia de re­la­ción de mi­se­ri­cor­dia, de amor, de vida cris­tia­na.

Y fi­nal­men­te la ex­hor­ta­ción lla­ma a no de­jar­se lle­var por la mun­da­ni­dad. De­cía an­tes que el cri­te­rio que te­nía el pue­blo ele­gi­do de lo que era la ley no es el que te­ne­mos hoy. Hoy, que­ra­mos o no, aun­que nos re­sul­te le­jano y no lo pen­se­mos ha­bi­tual­men­te, de­pen­de­mos de una cul­tu­ra muy mar­ca­da por Nietzs­che, su ateís­mo ac­ti­vo, y su re­pul­sa de Dios y de todo lo que su­po­nía una nor­ma o una ley. Eso in­flu­yó en nues­tra ge­ne­ra­ción a par­tir so­bre todo de la re­vo­lu­ción del 68, que se mar­ca como un hito de cam­bio de men­ta­li­dad so­cial: esos es­ló­ga­nes de “prohi­bi­do prohi­bir”. Hoy na­die se acuer­da de eso se­gu­ra­men­te. Y real­men­te tam­po­co te­ne­mos el pro­ble­ma de caer en el ri­go­ris­mo de ha­cer lo que esté man­da­do sin que el co­ra­zón lo sien­ta. Hoy lo vi­vi­mos de otra for­ma, muy opues­ta, pero no por eso es­ta­mos li­bres de la mun­da­ni­dad, todo lo con­tra­rio. Hoy de­ci­mos que “como no lo sien­to” no es ver­da­de­ro y no lo hago. Eso su­po­ne vi­vir ex­clu­si­va­men­te del sen­ti­mien­to, lo cual es gra­ví­si­mo, so­bre todo cuan­do daña la fi­de­li­dad en las re­la­cio­nes, tam­bién al ma­tri­mo­nio: “no, como ya no lo sien­to…”. Hoy nues­tra re­pul­sa a la ley se am­pa­ra en que nues­tros sen­ti­mien­tos nos pue­den pe­dir otra cosa. Cla­ro, la ley no es sen­ti­mien­to. La vo­lun­tad de Dios ex­pre­sa el ma­yor de to­dos los sen­ti­mien­tos que es el amor de Dios, pero nos lle­va a una cohe­ren­cia de vida, por­que el bien es bien y el mal es mal, y todo no es sub­je­ti­vo, aun­que vi­va­mos en el im­pe­rio del de­seo y de la sub­je­ti­vi­dad, don­de pa­re­ce que no hay brú­ju­la, ni bien ni mal. Esto no se casa con amar a Dios y ha­cer su vo­lun­tad, en la que se ex­pre­sa el bien pro­fun­do del ser hu­mano, y las con­se­cuen­cias cuan­do no lo vi­vi­mos así son real­men­te desas­tro­sas.

¿Vale la pena real­men­te ser cris­tiano y re­li­gio­so, ob­ser­var los man­da­mien­tos aco­ger a Cris­to? ¡Pues cla­ro que sí! Por­que nos hace en­ten­der el ca­mino de la vida, la ver­dad del ser hu­mano, y ala­bar a Dios, es de­cir, abrir­nos al amor de Dios que quie­re ser ama­do, y que nos mues­tra cómo vi­vir. No es in­di­fe­ren­te vi­vir de una ma­ne­ra o de otra, ni ha­cer el bien o el mal, ni para no­so­tros ni para la suer­te del mun­do, don­de todo, es­pe­cial­men­te en la so­cie­dad glo­bal, tie­ne una re­per­cu­sión.

¿Qué nos pide Dios? Ser fie­les. Ser fie­les a su amor, abrir­nos a su amor, no de­jar­nos lle­var por los en­ga­ños del mun­do, vi­vir real­men­te pre­gun­tán­do­le: ¿Se­ñor qué quie­res de mi?, ¿cuál es tu vo­lun­tad?, yo amo tus man­da­tos por­que te amo a ti. En ese diá­lo­go de amor con Él se des­cu­bre que el bien nos hace amar, ser fe­li­ces y cre­cer. Pero es muy im­por­tan­te algo que pone sig­ni­fi­ca­ti­va­men­te de ma­ni­fies­to en va­rias oca­sio­nes el  Evan­ge­lio. Nos re­fe­ri­mos a las oca­sio­nes en la que Je­sús cri­ti­ca a los maes­tros de la ley por ha­cer de la re­la­ción con Dios algo in­cum­pli­ble, lleno de tra­di­cio­nes, ri­tos y far­dos pe­sa­dos e in­ne­ce­sa­rios: en una re­la­ción, y más en la re­la­ción con Dios, uno no pue­de de­jar­se lle­var por la ru­ti­na, del pen­sar que ya me lo sé todo, que como me lo sé, yo lo hago todo. No. El amor ne­ce­si­ta cre­cer, la vida cris­tia­na as­pi­ra a una iden­ti­fi­ca­ción con el Se­ñor: “Es Cris­to quien vive en mí” (Gal 2,20). Es lo que han he­cho los san­tos. Es ne­ce­sa­rio, por tan­to, el pe­ca­do y la con­ver­sión. “Dame, Se­ñor, un co­ra­zón puro”, dice el Sal­mo.

Ese es el cul­to que Dios quie­re, que nues­tra vida crez­ca, lle­gue a su ple­ni­tud. Y la ple­ni­tud nos la da la co­mu­nión con Dios, don­de su co­ra­zón se une al nues­tro. En­trar en el co­ra­zón de Je­sús, en su Sa­gra­do Co­ra­zón, co­no­cer sus sen­ti­mien­tos, lo que nos pide, lo que pien­sa, abra­zar sus cri­te­rios, sus pro­pues­tas, su amor, in­clu­so su pa­sión, nos hace res­pon­der ver­da­de­ra­men­te al se­cre­to de la vida con un ca­mino de fe­li­ci­dad que em­pie­za aquí y se cul­mi­na en la vida eter­na.






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