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Monseñor Braulio Rodríguez Plaza

Monseñor Braulio Rodríguez Plaza

¿Santos nosotros?

 
Monseñor Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Toledo Primado de España
Tue, 03 Nov 2015 01:28:00

En la celebración de la Santa Misa en rito hispano-mozárabe, antes de la comunión eucarística, el celebrante proclama mostrando a Cristo Sacramentado: “Lo Santo para los santos”. Es afirmar que los fieles (los santos) se alimentan con el cuerpo y la sangre de Cristo (el Santo). ¿Santos nosotros? ¿Tú y yo? Así llamaba san Pablo a los cristianos. Pero en nosotros hay una cierta repugnancia a ser considerados santos, tal vez porque nos conocemos y reconocemos que “dejamos mucho que desear”, pero es posible que estemos pensando también que sería más fácil el asunto, si fuéramos nosotros quienes “nos hiciéramos santos”, a base de mucho esfuerzo, sin depender tanto de la gracia y la acción de Dios en nosotros.

El origen de la fiesta de Todos los Santos se remonta al siglo IV, pues en Antioquia se celebraba ya una fiesta de todos los mártires, relacionada con el triunfo pascual de Cristo, que también fue introducida en ese siglo en Roma. No era el 1 de noviembre, sino el 13 de mayo, pues ese día el papa Bonifacio IV dedicó el antiguo “Panteón” romano a la Virgen María y a todos los mártires. Así se fue abriendo la idea de una celebración colectiva de los santos y nos sólo de los mártires; de modo que en el año 835 pasaba la celebración al 1 de noviembre. Si es una celebración colectiva es porque se quiere subrayar no éste o aquel santo o santa sino la multitud, todos, pues la Iglesia es un pueblo de santos, al que bien merece la pena pertenecer: nuestra Madre es grande y hermosa y llena de los mejores hijos de esta humanidad.

Por eso nos invita san Agustín: “También nosotros, hermanos, si amamos de verdad a Cristo, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas (…) Lo han imitado los mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos. Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los linos de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos” (Sermón 304).

Pero decíamos también que estamos muy lejos de lo que nuestro mundo o cultura no cristiana piensa de la muerte. En principio, nuestra sociedad no quiere oír hablar de la muerte y cuando dice algo de ella o de la muerte de los hombres y mujeres confunde muchas cosas. Ciertamente la piedad popular ha unido el culto a todos los santos y el recuerdo de los difuntos, tal vez por la proximidad cronológica de una y otra conmemoración litúrgica. Pero aquí empieza a enturbiarse la genuina tradición cristiana, porque ni el día de Todos los Santos es el día dedicado a recordar a nuestros seres queridos difuntos, ni este día tiene que ver con la desgraciada importación de la calabaza con los feos agujeros para los ojos y la boca, que carece de gracia y atractivo, y que simboliza la muerte sin creencia en la resurrección, sino otras lindezas paganas. Es una verdadera lástima que, en vez de aprovechar el Día de Difuntos para rezar por ellos y enseñarles a nuestros hijos y nietos a continuar con la hermosa costumbre de llevar flores a sus tumbas, lo dediquemos a otras mascaradas incluso en colegios católicos, en vez de orar y ofrecer la Santa Misa por el alma de nuestros seres queridos y todos los difuntos.

Hermanos: gocemos de esta Jerusalén celeste, que es nuestra Madre, donde eternamente alaba a Cristo y al Padre en el Espíritu la asamblea festiva de todos los Santos, guiados por la fe y gozosos por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia. Así sea.





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