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Monseñor César Franco Martinez

Monseñor César Franco Martinez

¿Feliz año nuevo?,

 
Monseñor César Franco Martinez, obispo de Segovia
Mon, 05 Jan 2015 06:04:00

El corazón del hombre ansía y busca la felicidad como el sediento el agua. Y lo expresa deseando a otros la felicidad.

La fórmula, repetida estos días, “feliz año nuevo” revela este deseo para sí mismo y para otros. Pero las palabras, a fuerza de decirlas, pierden su brillo y significado originales. Se pueden convertir en simple protocolo, en voz vana llevada por el viento. La palabra, cuando se dice con sentido, compromete al hombre en su totalidad. Si no queremos ser hipócritas, debemos ajustar nuestro ser a nuestro decir; o decir lo que llevamos en el ser.

Me permito esta consideración previa, porque desear a otros un año feliz implica comprometerse en hacer todo lo posible para que lo sea. Vano sería decir a otro “deseo que seas feliz” y quedarnos cruzados de brazos, si vemos que está triste, sin cariño ni afecto, sin una vida verdaderamente humana. En el evangelio Jesús utiliza con mucha frecuencia la palabra “feliz”, “felices”. A sus dichos que comienza así se les llama “macarismos”, palabra que procede del griego makarios y que significa feliz, bienaventurado. Baste recordar las ocho bienaventuranzas, que se han convertido en una especia de carta magna del evangelio. Cristo desea que el hombre sea feliz, goce de la verdad, del bien y de la belleza y dedique su existencia a hacer felices a los demás, sin reservas ni acepción de personas.

La mejor forma de felicitar el Año nuevo, por tanto, sin quedarnos en la superficie de las palabras, es asumir este sencillo y grave compromiso. Miremos alrededor de nosotros, como hacía Jesús, y observemos con los ojos de nuestra interioridad, tantas veces cegados, las necesidades de los otros. Son innumerables, las que se ven a primera vista y las que se ocultan. En su mensaje para la Jornada de la Paz de este Año, el Papa Francisco ha recurrido al tema de la fraternidad que une a todos los hombres y ha señalado signos terribles de la ausencia de hermandad. Habla de los múltiples rostros de la esclavitud de entonces y de ahora: trabajadores y trabajadoras oprimidos, incluso, menores; emigrantes que sufren hambre y de los que se abusa de diferentes maneras, personas obligadas a ejercer la prostitución; niños y adultos que son víctimas del tráfico y la comercialización; las víctimas inacabables del terrorismo. ¿Cómo sonarán en los oídos de estas personas la fórmula “Feliz Año Nuevo”?

Es posible que, ante estos dramas tremendos, nos preguntemos qué podemos hacer desde nuestras fuerzas e influencias limitadas. Problemas tan graves necesitan soluciones que dependen de los organismos internacionales, de los gobernantes e instituciones sociales y caritativas de rango nacional e internacional. Pero no desviemos la mirada. Como hermanos, podemos sentir en nuestra carne la necesidad del otro, hacernos sensibles, compasivos.

Y si miramos más cerca de nosotros, seguramente encontraremos al más cercano, al “prójimo”, al que sí podemos auxiliar, compadecer en su necesidad, y ofrecerle el compromiso de nuestro amor directo, eficaz, cercano. Podemos desvivirnos y desentrañarnos como hizo el Hijo de Dios al venir en nuestra carne, que se estremeció ante la necesidad del hombre y no reputó como tesoro codiciable permanecer en la gloria de Dios. En realidad, la verdadera felicidad consiste en olvidarse de sí mismo para hacer feliz a otro, y, paradójicamente, en ese salir al encuentro del otro, uno mismo se convierte en dichoso y bienaventurado. Experimenta que las bienaventuranzas de Jesús son verdad y vida y que las palabras que decimos comienzan a ser auténticas en la medida en que nos comprometen a ser testigos de la verdad que pronunciamos. Podremos decir entonces: amigo, amiga, cuenta conmigo para que 2015 sea para ti un feliz año nuevo.






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