CAMINEO.INFO.- “Cuando hacemos la triste y dolorosa experiencia de la participación tan escasa numéricamente y tan poco intensa a nivel del espíritu, en las celebraciones litúrgicas, especialmente de los niños y jóvenes, aun durante la etapa de la catequesis, nos preguntamos en qué hemos fallado, por qué no logramos trasmitir nuestra convicción serena y gozosa, la necesidad de la frecuentación cordial e inteligente de los Misterios y, en particular, de la Eucaristía dominical”. Así lo plantea el obispo de Nueve de Julio, monseñor Martín de Elizalde, en una carta que dirigió a los sacerdotes y diáconos, catequistas, padres y madres, niños y jóvenes de su diócesis al comenzar las actividades catequísticas del año 2010.
Según el prelado, “parte de la respuesta nos la ofrecen las condiciones en que vivimos hoy: imágenes, velocidad, superficialidad, movimiento, sensibilidad, entre muchas otras causas. Pero es honesto reconocer que también nosotros, pastores y agentes pastorales, padres y ministros, catequistas y maestros, somos responsables de ello, al no saber motivar la necesidad de la celebración e incluso al presentar a menudo una liturgia rebajada y no significativa, sin interioridad, cuando no verborrágica, falsamente didáctica, y carente del sentido del Misterio y de la Presencia inefable, de la comunión interior con el Dios vivo”.
La carta se titula “Catequesis, celebración y vida cristiana”. En ella, el obispo afirma que “celebrar no es pasar un momento divertido, ni meramente gratificante para los sentidos”, sino que “es la apertura del corazón del hombre a la trascendencia, del mundo a su Creador y al fin que éste le otorgó; es la actualización de la gracia recibida, la entrada en el ámbito donde Dios obra sus maravillas como anticipo de la eternidad. Y así como la catequesis recibe de los beneficios de una participación litúrgica santa y fructuosa, la catequesis debe también preparar para esta participación, con la formación en la doctrina y con el ejercicio que nos permita alcanzar ese encuentro espiritual”.
En ese sentido, sostiene que “la catequesis incluye la práctica de la celebración litúrgica”. Y aclara que este ámbito “no se va a alcanzar con meras exigencias, puntajes y controles, sino con la siembra paciente, la iluminación sabia y adecuada por la verdad, la vinculación entre los gestos y su significado, entre las palabras y lo sucedido, que es la verdadera lectura de la Historia de la Salvación, y que se expresa en la celebración. Hay que resaltar en el itinerario de la catequesis el Misterio, el año litúrgico, las celebraciones, como lo hemos expuesto hasta aquí, para ilustrar y arraigar los contenidos de la fe”.
Por otro lado, exhorta a los formadores en la fe a “expresar el Evangelio en la vida”. Al respecto, subraya la necesidad de que ejercitar y comprometer a los niños y jóvenes en los distintos aspectos de la vida cristiana, aunque advierte que “nada podríamos hacer si los mismos catequistas y las familias no se empeñan en practicarlo ellos mismos”. Entre otros aspectos, menciona:
- “La doctrina y el amor por la verdad, como consecuencia de la fe que profesamos, y no solo como conocimiento o a modo de requisito para recibir un sacramento o superar una etapa entendida en clave escolar”.
- “ El ejercicio de la caridad, con una intervención personal y directa en la acción caritativa de la Iglesia: visita a los pobres y enfermos, asistencia, colectas”.
- “El apostolado y la misión, testimonio y anuncio, en lo cual todos tienen que tomar parte, especialmente en relación con los grandes movimientos que la Iglesia propone, como la Misión continental, después de Aparecida”.
- “El sostenimiento de la Iglesia con el aporte personal, espiritual y material, con las iniciativas y el trabajo, pero también invitando aun a los más jóvenes a saber destinar algo de los bienes materiales de que disponen a la Iglesia y a los pobres”.
A continuación, monseñor Elizalde destaca que “si perdemos la coherencia que debe existir entre la fe y las obras, entre la Palabra y el sacramento, entre lo que profesamos y la vida que llevamos, no vamos a difundir el Evangelio como Jesús lo predicó, sino que estaremos desparramando superficialmente una apariencia de respuesta a su invitación, pero que no tendrá arraigo ni consistencia. Estaremos también privando a los hermanos y hermanas que se acercan a nosotros, porque nos reconocen como aquellos a quienes la Iglesia confió la distribución de sus bienes espirituales, del acceso a la Verdad y a la Vida, o lo haríamos de tal manera que no podrá hacerse carne en su propia experiencia, y no los estaríamos llevando entonces a ser, ellos también, mensajeros del Evangelio”.+